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Domingo 18 del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 

Fritz von Uhde (1886)

En la primera lectura de hoy se narra el milagro del maná en el desierto cuando los israelitas pudieron remediar su hambre con «pan bajado del cielo». 

En la segunda lectura san Pablo nos exhorta a abandonar las cosas del «hombre viejo» para vivir como personas que son «hombre nuevo», luego del encuentro con Cristo.

En el el evangelio de hoy los que supieron del milagro de la multiplicación de los panes y los peces la semana pasada (porque estuvieron presentes o porque alguien les contó) le dan la vuelta al lago de Galilea para encontrarse con Jesús al otro lado de la orilla. 

Pero Jesús les dice que no es asunto de venir a donde él a buscar pan, sino a buscar a Dios: «Jesús les replicó: “En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”.»

«Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de este pan”. Jesús les contestó: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.»

Jesús mismo es el pan de vida. 


Ese dicho de Jesús –Yo soy el pan de vida– puede interpretarse en sentido eucarístico. Sus palabras pueden interpretarse –y es legítimo interpretarlo así– en términos de ir a misa para adorar la hostia y comulgar o de extasiarse ante el Santísimo Sacramento. 

Hay otras maneras de interpretar a Jesús, pan del cielo. 

Durante los primeros mil doscientos años del cristianismo las palabras de Jesús («Yo soy el pan de vida») no se interpretaron en términos eucarísticos medievales o modernos. Los primeros cristianos hablaban de la «eucaristía», no para referirse a un objeto, sino para referirse a las asambleas de oración. 

Durante los primeros mil años de cristianismo la fe se vivió al modo comunitario, siguiendo el modelo de las sinagogas judías. Los apóstoles no salieron a decir misa todos los días y a montar capillas con sagrarios y a decir que el cristianismo perfecto es el de la contemplación eucarística. La teología eucarística y las procesiones de Semana Santa y otras prácticas parecidas no aparecieron hasta mil doscientos años después de Cristo.

Durante los primeros mil años de cristianismo la fe se vivió al modo de una comunidad de fe, sobre todo en los primeros trescientos años, antes de que el cristianismo se convirtiera en una iglesia institucional asociada a la autoridad civil. 

¿Vamos a decir que es mejor de una manera, que de otra? ¿Vamos a decir que hay una sola manera de vivir la fe? No. 

El punto es que hay más de una manera de vivir la fe y tan legítimo es decir que Jesús vive en nuestros corazones, como decir que Jesús vive en el encuentro con el hermano, igual que decir que Jesús vive en el pan eucarístico.

Hay más de un modo de practicar la fe, de vivir la fe. Tan legítimo es encontrar a Jesús en éxtasis ante el Santísimo, como encontrarlo en la vida de la comunidad cristiana y de tantas otras maneras con que se traduce la vida de oración a la vida diaria. 

El error de los tradicionalistas (que se parece al de los herejes) es exagerar su propia verdad al proponer que el único y verdadero modo de entender a Jesús es el de ellos, al modo de los usos y prácticas del catolicismo tradicionalista. 

Desde el Concilio Vaticano II (1962-65) la Iglesia católica romana se ha movido hacia una mayor preocupación con la pastoral, antes que la teología. Varias décadas después hemos de reconocer que las verdades de la fe tienen una pluralidad de maneras de expresarse en términos pastorales. 

Por esta razón el ecumenismo, el diálogo entre las iglesias y la oración conjunta entre los hermanos separados tiene relevancia hoy día, porque reconocemos que hay más de un modo de vivir la fe, el encuentro con Jesús como Palabra del Padre y pan de vida. 

Invito a ver mis apuntes sobre las lecturas de este domingo que publiqué en el 2018, y que fueron un tanto extensos. También invito a ver mis apuntes del 2021, más breves (oprimir sobre el año).


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