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Domingo 26 del Tiempo Ordinario, Ciclo C

 



En el evangelio de hoy vemos la parábola del rico epulón y Lázaro

La primera lectura continúa la lectura del profeta Amós 6,1a.4-7. El profeta denuncia la dejadez e indiferencia de las élites judías previo a la invasión y la deportación de todos a Babilonia. Es la conducta irresponsable de las clases dirigentes que se repite continuamente a través de la historia. Se dedican a pasarla bien sin darse cuenta de las necesidades de los pobres y marginados y no atienden a los verdaderos inte­reses del pueblo ante la amenaza de peligros externos como la inminente invasión que llevaría al destierro a la mayor parte de la población. 

No está mal celebrar cuando hay motivo de celebrar. Lo que el profeta denuncia es la ceguera del egoísmo de los que sólo piensan en comer y beber y pasarla bien sin pensar más allá de sus intereses personales. Esto es terrible, sobre todo cuando se da entre los dirigentes de una sociedad. Es lo que vemos en muchos otros momentos de la historia y lo podemos ver hoy día cuando un dirigente como Trump mancilla la responsabilidad que se le confió sólo por satisfacer su vanidad, con una mentalidad de atolondrado.


Con el salmo responsorial (salmo 145) nos recordamos que Dios no olvida a los pobres y humildes, «hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que se doblan, ama a los justos, sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados». 


La segunda lectura continúa la lectura de la primera carta de san Pablo a Timoteo 6,11-16. «Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor», dice. Los cristianos, igual que cualquier humano decente, también somos gente decente. Esto es algo que no ven los evangélicos y los católicos tradicionalistas que, como los fariseos de los tiempos de Jesús, no saben lo que es ser gente decente. Frente a los orgullosos y vanidosos que nos oprimen hemos de practicar el amor, la paciencia, la mansedumbre, nos dice. Hemos de dar testimonio de fe, como Jesús lo hizo ante Pilato, hasta que el día que Jesús vuelva mostrando el único poder soberano. Recordemos: su poder no es el de la imposición a la fuerza, sino el poder del amor.


El evangelio de hoy continúa la lectura de Lucas 16,19-31. Es una parábola intercalada que narra el caso del pobre Lázaro, que vivía a la puerta de la casa de un hombre rico que era un «epulón». Si uno busca en el diccionario esa palabra encontrará la definición: hombre que come mucho y se da la buena vida. En la parábola no indica que el mendigo le hubiese pedido comida o favores al hombre rico. Serían como vidas paralelas: el rico indiferente, sin darse cuenta del pobre; el pobre ansiando poder comer algún mendrugo de la mesa del rico. Entonces, ambos mueren y se intercambian los papeles. El rico es arrojado al abismo, al mundo «inferior», al infierno, donde padece el tormento de la necesidad. El pobre fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán, entiéndase, al banquete celestial (apunte de las notas al calce de la Biblia de Jerusalén). El rico le pide socorro a Abrahán y eso no es posible. Entonces le dice que envíe a alguien a avisarle a sus hermanos en la tierra para que no cometan el mismo error que él. «Tienen a Moisés y a los profetas,» le dice Abrahán. Pero se sabe que ellos no se enteran, como le sucedió al rico epulón. «Si un muerto va a ellos caerán en cuenta», dice el rico. «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto,» le dice Abrahán.

La alusión a la resurrección de Jesús está clara. También está clara la alusión a Moisés y los profetas: la Ley y el cumplimiento de la Ley al modo de las personas decentes (como ilustrado en Ezequiel 18,5-9, por ejemplo). Esto es lo que tampoco ven algunos de los fariseos de nuestros días.

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La parábola del rico epulón y Lázaro puede ser tomada con un sentido de rencor contra los ricos por el mero hecho de ser ricos. Pero eso no es de cristianos. Qué tal encuadrarla en la meditación que venimos haciendo en las últimas semanas sobre lo que significan las riquezas para un cristiano, siguiendo el evangelio de Lucas.

Lo que se desaprueba en el rico epulón no es el hecho de ser rico, sino su frivolidad y egoísmo. 

Pensemos también en esos multimillonarios de nuestros días que se piensan importantes sólo por tener riquezas y no se dan cuenta de su propia irresponsabilidad hacia los demás y hacia la naturaleza y el medio ambiente. Piensan que por ser millonarios sus fantasías pueden ser ley para el universo, como Ellon Musk y otros. 

Pensemos también en los narcotraficantes multimillonarios, que viven cegados, sin ver más allá de su mundo. Sólo su mundo y sus esquemas de intereses son importantes. Lo mismo, los políticos que sólo velan por sus propios intereses y entre tanto también se dan la buena vida. 

El dinero y el poder llevan a perder el sentido de la realidad, algo que se ha dado y se ha repetido desde tiempos bíblicos. El problema es que los demás, sobre todo los pobres, pagan las consecuencias. Eventualmente todos pagaremos las consecuencias, como pasó con el pueblo judío en tiempos del profeta Amós y luego unas décadas después de Cristo cuando los romanos destruyeron el templo y expulsaron a los judíos de Jerusalén. Hay un peligro real de que el desastre ecológico que estamos provocando lleve a la desaparición de los humanos, de la misma manera que ya ha llevado a la extinción de muchas especies. 

En la realidad, es inevitable que haya ricos y que hayan pobres. Es algo así como que es inevitable que hayan altos y lo mismo, que otros sean bajitos. Jesús nunca dijo que habría que eliminar a los ricos y que lo mejor es que todos fuéramos pobres. Ser pobre, considerado en sí mismo, eso no es algo bueno. Otra cosa es ser pobre como expresión de ser desprendido y generoso. Esto último es lo que es encomiable.

Visto que es inevitable que tengamos que agenciarnos la comida y el vestido y que tengamos que administrar nuestra vida en sentido económico, entonces hay que hacerlo al modo cristiano, al modo de las personas decentes. Eso es también lo que quiso decir Jesús en los evangelios de los pasados domingos, sobre el que quería hacer una torre, el que tenía que enfrentarse a un general con un ejército más poderoso que el propio y el administrador que tenía que ser astuto en la administración de sus riquezas. 

La moraleja de todo esto es que debemos saber administrar los dones y los bienes que tenemos a la mano y hacerlo al modo de personas decentes y responsables sin olvidar a los más necesitados. Jesús no dijo que había que cortarse la mano; sólo que, en el caso de que la mano fuera un obstáculo para ser buen cristiano, entonces es que habría que cortarse la mano. Lo mismo con lo del rechazo a los padres y parientes y con las riquezas. 

Jesús no dijo que había que salirse de la realidad. Sólo en el caso de que la realidad específica en que estuviésemos fuese un obstáculo para ser cristianos decentes, entonces habría que recurrir al rechazo de la mano, de la riqueza, de la propia familia. Tampoco dijo que había que imponerle decisiones a los demás. Las decisiones son un asunto personal.  Jesús mismo no quiso la cruz, pero la aceptó cuando llegó el momento. Ese es nuestro modelo, el camino al Padre.

 

Invito a ver mis apuntes del año 2016, con más reflexiones (cliquear el año). 


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