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Domingo de Pentecostés, año 2026

 

La primera lectura de hoy (Hechos 2,1-11) ya narra lo sucedido el día de Pentecostés. Se siente el ruido estruendoso de una ventolera y entonces ven como llamas de fuego que se posan sobre la cabeza de los presentes. Quedan todos llenos del Espíritu Santo y comienzan a hablar en lenguas y salen afuera y comienzan a predicarle a los que habían venido a Jerusalén para Shavuot, la celebración del Pentecostés judío, los cincuenta días después de la Pascua judía. Sobre esta fiesta el lector puede ver la nota al calce de la Biblia de Jerusalén a Éxodo 23,14. Según nos narra el autor de Hechos de los apóstoles todos salieron afuera a proclamar el evangelio en distintas lenguas. 

El canto responsorial es del salmo 103: «Bendice alma mía al Señor…Goce el Señor en sus obras…y yo me alegraré con el Señor». Respondemos a la narración de aquel primer día de Pentecostés con nuestras alabanzas a Dios por sus maravillas.

La segunda lectura es 1 Corintios 12,3-7.12-13. «Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo», nos dice. No es que nosotros buscamos a Dios y nos inventamos un Dios a nuestra conveniencia. Es Dios quien nos busca y pone la fe en nuestros corazones. Por eso hemos de ser dóciles a los movimientos del Espíritu. Más adelante san Pablo hablará de los síntomas o las señales auténticas del Espíritu, que no es en la anarquía o en las exageraciones violentas que se manifiesta el Espíritu.

Hay diversidad de carismas y hay diversidad de ministerios nos dice. Somos todos como miembros del cuerpo de Cristo. El Espíritu se manifiesta de muchas maneras, pero el Espíritu siempre es el mismo. «Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo», nos dice. 

Recordemos lo que apuntamos el domingo pasado, sobre el bautismo del Espíritu. 

El evangelio es de Juan 20,19-23. Nos presenta otra versión de Pentecostés, o de la efusión del Espíritu en los discípulos. Al atardecer del día de la Resurrección Jesús se presenta a los discípulos y les saluda, «Paz a vosotros». Entonces les sopla el Espíritu sobre ellos y les envía a predicar el Evangelio. «Como el Padre me ha enviado, así yo les envío», les dice. Al final: «a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 

Esto recuerda a los fariseos, que se escandalizaron al ver a Jesús perdonar pecados, cuando eso es prerrogativa de Dios. Aquí Jesús transmite esa autoridad para perdonar pecados a sus discípulos y es el origen de nuestro sacramento de la confesión. Va de la mano con la autoridad para exorcizar en nombre de Jesús, también. 

También podemos recordar lo apuntado el domingo pasado, sobre la diversidad de tradiciones entre los primeros cristianos, algo que confirma la veracidad y la autenticidad de sus narraciones. 


Comentario breve

Hemos de recordar que el Espíritu sigue activo en el seno de su Iglesia, comprendida la Iglesia en términos del cristianismo universal, de todas las iglesias cristianas. Si un cristiano provoca divisiones y violencia, eso no es síntoma de la acción del Espíritu. Pero si un cristiano provoca amor al prójimo, defensa de los derechos humanos, socorro a los necesitados, eso es acción del Espíritu en nuestros días, no importa de qué iglesia cristiana provenga.


Más de uno hablará de esta fiesta de Pentecostés como el aniversario de la fundación de la Iglesia, como si se tratase de una institución al modo de las multinacionales que se encuentran esparcidas por todo el planeta. Pero la Iglesia no es una multinacional. Al corazón de la Iglesia no está un aparato administrativo, sino el Espíritu Santo que nos edifica a todos los cristianos como Cuerpo de Cristo, Pueblo santo de Dios. Porque esta es la Nueva Alianza que anunció Jeremías 31,31, la de la Ley del Espíritu puesta en nuestros corazones.


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En una ocasión asistí a una misa en que un sacerdote joven —un franciscano capuchino— predicó con mentalidad de anciano, un sermón (no una homilía; el lector puede buscar en Internet la diferencia) con mentalidad de los tiempos preconciliares, los tiempos anteriores al Concilio Vaticano II. Regañó a los feligreses y orientó sus observaciones al ideal platónico de que los cristianos debemos ser ángeles y no humanos. Algo así puede darse al hablar del Espíritu Santo, cuando se interpreta (erróneamente) la unión con Dios en términos puramente espirituales. 

La mística verdadera no niega, ni repudia nuestra condición corporal o material. Ahí está el Jesús verdadero, el que vive ahora, Dios y hombre verdadero, el Resucitado.

De ahí la dificultad que puede tener más de uno en visualizar la misa también en términos horizontales (y no solamente verticales) en que nuestra relación con Dios se expresa como banquete eucarístico que no es sólo comulgar con Dios espíritu, sino también con los demás presentes como corporeidad de Cristo. La confusión puede ser tal que en algunas parroquias presentan el café y las frituras después de la misa, no como una prolongación del ágape eucarístico, sino como una actividad de recaudación de fondos.

Alguien podrá pensar que el predicador está en su derecho cuando regaña. Pero no es así. 

Simplemente sigamos el modelo de Jesús y lo que él nos enseñó. ¿Es que el padre recibió al hijo pródigo con regaños? Fue el hermano celoso el que pidió reconocimiento para sí a expensas de su hermano, que no entendía la manera con que el padre veía el asunto. Lo importante es el hecho de que el hijo volvió al Padre. Su pecado es olvidado, su pecado no es importante. Lo importante es su volverse al Padre.

¿A quién regañó Jesús? Sólo a los cambistas del templo. ¿A los fariseos? A los escribas y fariseos no los regañó, sino que dialogó con ellos en vistas a su conversión. El punto de señalar las faltas es llevar a la conversión y los regaños llevan al endurecimiento de corazón. Hay que saber hablar sobre las faltas.

El diálogo respeta al otro, mientras que el regaño lo rebaja y lo ubica como un inferior, algo así como un niño que debe ser reprendido. Los cristianos nos tratamos con caridad, es decir, con amor y el amor no rebaja al otro, ni lo manipula. El predicador no es mejor que el feligrés que escucha. Esto es, que es una equivocación predicar mirando desde arriba a los fieles. Eso es lo que hacían los fariseos. Otra cosa es la mirada en solidaridad. Valga volver a recordar el ejemplo de Jesús, que no predicó con vanidad y orgullo, sino con llaneza.

¿Qué decir de los cambistas del templo? Es el único caso en que Jesús desató su censura y su repudio. Podemos asumir que no escuchaban, ni estaban dispuestos a escuchar. Entre tanto tergiversaban, trastocaban, la naturaleza del templo como casa de oración. Habría que reconocer que los cambistas daban un servicio al facilitar el montaje de los sacrificios del templo. Eso no había que rechazarlo. Lo que Jesús rechazó fue la especulación exagerada, la manipulación de las necesidades religiosas para el lucro. 

Comparar entonces con el trato a los publicanos, los recaudadores de impuestos que también andaban obsesionados con el lucro. De seguro hubo un acercamiento a los cambistas del templo parecido al acercamiento a los publicanos. Esto es, que cuando Jesús desata su ira contra los cambistas, es porque su actitud y su conducta era algo diabólico. La ira de Jesús anticipa la ira de Dios contra los duros de corazón.

Cierto, hubo otro caso en que Jesús se quejó amargamente de los que no escuchaban su mensaje. Se hizo eco de Dios cuando se vio rechazado por las infidelidades de Israel. Ver Jeremías 26,6; Mateo 23,37-38; Lucas 13,34=35. Es a lo que también apuntó con la parábola de los viñadores homicidas (Mateo 21,33-43) y de los que rechazaron la invitación al banquete (Mateo 22,1-14). Así será como Pablo y Bernabé también justificarán su misión para convertir y reclutar paganos (Hechos 13,46-47). Podemos asociar esa queja contra la dureza de corazón (la ceguera) de los judíos con la violencia contra los cambistas del templo. Lo que nos debe preocupar es no caer en esa misma ceguera. Un día como hoy, cuando evocamos la iluminación del Espíritu Santo, pidamos a Dios que podamos ver bien nuestro camino.

Jesús estaba en todo su derecho a regañar y sin embargo sólo lo hizo con los cambistas del templo y a los judíos que lo rechazaron sólo enunció el mismo reproche tradicional de Dios contra la infidelidad del pueblo israelita. Y una vez en la cruz pidió perdón por los que lo llevaron al Calvario. Cada persona es un mundo y cada uno rendirá cuenta de su vida. Uno sabe muy poco de la realidad que vive el prójimo y por eso hemos de cuidarnos de regañar.

Entre tanto no nos toca a nosotros juzgar; recordemos el pasaje del evangelio en que Jesús nos insta a no juzgar. «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados» (Marcos 6,36-37); igual, «Uno solo es el legislador y juez, que puede salvar o perder. En cambio tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?» (Santiago 4,12). A nosotros nos toca imitar y seguir a Jesús sin obsesionarnos por la maldad. Ya Dios se ocupará de cada uno en la responsabilidad que cada uno tiene de sí mismo.

Y aparte de eso, recordemos también que Dios nos mira con comprensión, porque nos ama. El amor de Dios es amor incondicional, que no pone condiciones para amarnos. Toca a nosotros reconocer ese amor y responder con la revisión de vida, la conversión, la revisión continua de nuestras vidas. Eso es una responsabilidad de cada uno y por eso al predicador (buscando reproducir el amor incondicional de Dios, como el de un padre) lo que le corresponde es recordar, invitar, pero no regañar.

  El que regaña exige. Dios no exige porque el que ama no exige. El que ama espera ser amado espontáneamente y no por obligación.

Esto es lo mismo que vemos en santos como san Francisco de Asís, que amó este mundo y cantó las alabanzas de este mundo al alabar al Creador. 

Plantear la superioridad absoluta del mundo espiritual sobre el mundo material es repudiar la creación de Dios. Es hacer lo mismo que el diablo que se burla de Dios y de la imperfección de su creación. Pero la imperfección del mundo es parte de la gloria de Dios. «Los cielos manifiestan la gloria de Dios», dice el salmo 18(19),2; igual, salmo 88(89),6.

Recordemos que por algo Jesús resucitó con un cuerpo material, al punto que continuó disfrutando con los discípulos al comer con ellos y al seguir compartiendo con ellos. Ver las apariciones del Resucitado a las orillas del lago de Galilea cuando los invitó a pescado asado y así en otros lugares de las narraciones pascuales. Creemos en la resurrección de la carne y que disfrutaremos del paraíso como Dios lo quiso desde la eternidad. 

Esa es la verdadera actitud franciscana, la del «Paz y bien»; es decir, de la benevolencia.


Con Pentecostés podemos reflexionar o meditar sobre la acción del Espíritu entre nosotros, en estos días. Algo así hice en mis apuntes del 2019, que vienen a propósito ahora mismo, cuando la Sociedad San Pío X posiblemente volverá romper de manera cismática con el Vaticano en el mes de junio del 2026. Papa León les ha instado a que no lo hagan. 

Hay una confusión que se sigue dando en la transición hacia la renovación iniciada con el Concilio Vaticano II, la que describo en mis apuntes del 2019. Para verlos oprimir aquí.

Hay otros apuntes que tienen que ver con la pastoral parroquial que datan del 2015, con motivo del domingo de Pentecostés. Curiosamente no creo que una década después se haya hecho algo para remediar los defectos que señalo en esos apuntes. Invito a oprimir aquí para verlos


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