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Domingo 13 del Tiempo Ordinario, Ciclo A

 

En el evangelio de hoy Jesús continúa hablándole a los discípulos al enviarlos en misión. Igual que en el pasaje del domingo anterior Jesús subraya que el que le dé su respaldo recibirá su recompensa. Es lo que vemos también en la primera lectura de hoy.

La primera lectura es de 2 Reyes 4,8-11.14-16. Habla del profeta Eliseo, y de una dama adinerada y su marido. Ella vio que él pasaba por su vecindad y decidió ofrecerle alojamiento para pernoctar. Con ese propósito acordó con su marido prepararle un espacio, una habitación en su casa donde él pudiera quedarse en sus viajes. Eliseo, agradecido, le anunció que quedaría encinta y tendría un hijo. 


Respondemos con versos del salmo 88. «Cantaré eternamente las misericordia del Señor,» cantamos; «Porque el Señor es nuestro escudo, y el Santo de Israel nuestro Rey». 


La segunda lectura continúa con Romanos 6,3-4.8-11. Con el bautismo fuimos sepultados con Cristo y con él también resucitamos. Quien muere con Jesús y resucita con Jesús está muerto para el pecado y vivo para la vida eterna. Que nuestra vida y nuestro proceder reflejen esta realidad de nuestra nueva vida en Cristo. Todo cristiano está llamado también a ser un misionero, como lo fue Eliseo el profeta y como lo fueron los discípulos de Jesús. 


El evangelio continúa el discurso de Jesús a sus discípulos que van de salida en misión de anuncio del evangelio. Continúa con el texto de Mateo 10,37-42. El compromiso con el evangelio es mayor que el que podamos tener con nuestra propia familia, nos dice. «El que quiere a su padre o a su madre más que a mi, no es digno de mi», dice Jesús. Es que, «el que encuentre su vida la perderá». Esto quiere decir: al encontrar la nueva vida en Jesús lleva a no valorar tanto la vida terrenal, cuanto la vida de los santos cuyo criterio no es egoísta, sino el de olvidarse uno de sí mismo para consagrarse al bien de los demás. 

Eso, como vimos el domingo anterior, puede llevar a ser incomprendidos y perseguidos. Pero no hay trabajos difíciles para corazones amantes, como dijo san Agustín. Uno no busca sufrir. El sufrir puede venir como consecuencia del amor. Pero en la mente del cristiano lo importante es el amor. Sólo un anormal puede buscar el sufrimiento mismo. Jesús no quiso la cruz, pero la aceptó una vez que no hubo alternativa. «El que no carga su cruz y me sigue no es digno de mí,» dice Jesús. Quiere decir: «el que ama al punto de estar dispuesto a ser crucificado». Pero eso no quiere decir que busquemos la cruz como objetivo principal. El objetivo principal es el amor al prójimo. 

Entre tanto al que reciba a un discípulo y le dé de beber y de comer, tendrá su recompensa en el cielo, dice Jesús.  

Igual que en el caso del profeta Eliseo, a través de la historia del cristianismo han habido muchos reverendos y religiosos que fueron apoyados por los pudientes. Desde los primerísimos tiempos del cristianismo como en el mismo caso de Jesús ha habido personas con recursos económicos que le han facilitado la vida a los predicadores. 

De esto hemos de decir lo mismo que con respecto a la cruz. Jesús no demostró amor al dinero, como no mostró amor a la cruz. Esa misma actitud debe caracterizar al reverendo y al religioso. Lo importante es el anuncio del Reino y el manejo (la administración, la mayordomía) de la vida de fe en la comunidad cristiana. Pero la misión evangelizadora se fortalece con el apoyo de los que tienen medios económicos, tanto como de los otros que también ofrecen diversos modos de apoyo voluntario.

Sabemos de José de Arimatea que facilitó la tumba en que fue puesto el cuerpo de Jesús. Había que ser persona de medios económicos para poseer una tumba privada. 

Lucas 8,3 nos habla de «Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes». Juana de Cusa fue una de las que fueron al sepulcro y volvieron anunciando la resurrección (Lucas 24,10). Podemos conjeturar que eran mujeres de medios económicos, como para tener tiempo libre para estar con Jesús. Igual, las especies para tratar cadáveres como la mirra eran muy costosas y eso fue lo que llevaban aquellas mujeres al sepulcro la mañana de la resurrección.

De María Magdalena se conjetura (hay razones para pensar) que fue comerciante en pescados salados con un capital considerable a su disposición. 

En el caso de san Pablo sabemos de Lidia (Hechos 16,14-15), la que tenía un negocio de producción de telas en púrpura, otra con un capital respetable. Algo parecido podemos decir de otras mujeres mencionadas en las epístolas de san Pablo como la diaconisa Febe (Romanos 16,1). 

Sin la generosidad de los que acogen con hospitalidad y apoyan con generosidad a los apóstoles y discípulos no sería posible la misión de evangelización, hasta el día de hoy.



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