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Domingo de Corpus Christi

Unos años atrás la fiesta del Corpus Christi se celebraba el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, igual que la Ascensión, que se celebraba el jueves antes del domingo 6° de Pascua. Reconociendo que en nuestro tiempo la mayor parte de la gente trabaja en días de semana, por eso se trasladaron ambas fiestas a los domingos siguientes. 

La celebración del Corpus Christi es de factura reciente. Una fuente apunta a la monja agustina Juliana de Mont-Cornillon como la persona que la promovió, en el siglo 13. Ella murió en 1258. Luego santo Tomás de Aquino compuso la celebración alrededor de 1265 por encargo del papa. Unas décadas más tarde el papa Urbano IV la extendió a toda la Iglesia, en 1331. Si decimos que es de factura reciente, es en el sentido de que antes del milenio (anterior a los primeros mil años de cristianismo) no aparece la tradición de adorar el pan eucarístico. 

En el primer milenio se observaba lo que Jesús dijo, «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo."» (Juan 6,51). Esto es, el pan eucarístico se tomaba como comida y no se tomaba como objeto de adoración. En las eucaristías (las misas) el pan eucarístico que se consumía era el mismo que se había consagrado en la misma ceremonia (normalmente uno no ofrece pan del día anterior) y sabemos que en las iglesias orientales se utilizaba —todavía es así— pan fermentado. 

También apareció la costumbre de reservar parte del pan consagrado, pero no para adorarlo. Se reservaba parte del pan eucarístico, pero para luego llevarlo a los enfermos o a los que no habían podido venir a la celebración, como una manera de que ellos también participaran del banquete. También se llevaban pedazos de pan eucarístico como símbolo de unidad a otras comunidades cristianas. De hecho, así fue que surgió el detalle de la conmixtión, en que se tomaba un pedazo de pan eucarístico traído de otra comunidad como símbolo de unidad y se dejaba caer en el cáliz con el vino consagrado, un uso litúrgico que desapareció con las reformas de Vaticano II. Ya durante la misma Edad Media los sacerdotes no sabían el porqué de echar un pedacito de la hostia en el cáliz al momento del canto del Agnus Dei del Cordero de Dios, después del rezo del Padrenuestro. 

La adoración de la Real Presencia surgió en el contexto de los pueblos germánicos del norte, cristianizados alrededor del 800-900 después de Cristo. Fue una época en que los monjes irlandeses viajaron en misiones evangelizadoras por territorios de la hoy Francia, Holanda, Italia, Europa del Este y Alemania. Tanto nobles como campesinos eran analfabetos y los dialectos regionales eran innumerables, hasta el día de hoy. Fue natural conservar el latín como el idioma del culto. Pero eso resultó en un pueblo sediento de la experiencia religiosa ante unos rituales que no comprendían. De ahí que se desarrollara el deseo de ver la hostia, «el milagro». El ritual se convirtió más en espectáculo, que en una actividad de oración en comunidad. El ritual litúrgico comenzó a verse casi como un encantamiento, sobre todo cuando sabemos que más de un sacerdote desconocía el latín. De ahí el énfasis en pronunciar las palabras exactas de la consagración, algo así como asegurarse de formular el encantamiento al pie de la letra, no fuera a ser que entonces el milagro no se daba. 

Más adelante, y con las controversias religiosas de la Reforma protestante, la Real Presencia se convirtió en una manera de confirmar la catolicidad del creyente y de ahí se dio la posibilidad de que la celebración del Corpus Christi se viera como una expresión de identidad católica y de fuerza católica, casi como una manifestación política. 

En el siglo 20 las procesiones del Corpus en los pueblos también se vieron como expresiones de reto a los gobiernos laicistas u hostiles a la religión católica.   

En el deseo o hasta apasionamiento por denunciar los errores de la modernidad o la inmoralidad de la sociedad contemporánea hubo una mentalidad de guerra contra el mundo más afín con la mentalidad de los fariseos y su repudio de los pecadores, que con la mentalidad del evangelio que nos llama a la comprensión y al diálogo y la vía de la persuasión, antes que de la imposición. Esto fue lo que representó entonces el papa Juan XXIII, cuando llamó al diálogo entre las iglesias y al diálogo con los poderes establecidos. La iglesia institucional está llamada a reproducir la actitud de Jesús, no la de los fariseos.

Así, con Vaticano II la Iglesia se distanció de la alianza tradicional con las monarquías y los regímenes totalitarios. Igual, se pronunció ahora como la Iglesia de los pobres y los marginados, más a tono con las propuestas del evangelio. 

Entiendo que es así como habría que volver a enfocar la fiesta de Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús, que se celebra el viernes de la segunda semana de junio. Mientras que hace cien años atrás (1926) Cristo Rey, Corpus Christi y el Sagrado Corazón eran fiestas dirigidas contra «la modernidad» en nuestros días han de entenderse en diálogo con la modernidad como una manera de promover los valores cristianos de la dignidad humana y de atención a los necesitados de la tierra. 

Cuando papa Francisco comenzó a promover la sinodalidad, los obispos conservadores de Estados Unidos lograron desviar la atención al proyecto papal cuando promovieron su propio proyecto de los congresos eucarísticos que no se habían visto desde hacía casi cien años. Porque, precisamente, en el primer tercio del siglo 20 los congresos eucarísticos y los movimientos pro Cristo Rey fueron armas políticas de algunos católicos que repudiaban la «modernidad» en solidaridad con la ideología monárquica. Mientras que papa Francisco promovía una iglesia a tono con la mentalidad del Concilio Vaticano II, una iglesia que se aleja del clericalismo y se basa más en la vivencia de la fe en comunidad, los tradicionalistas estadounidenses buscaron promover la vuelta a la mentalidad preconciliar, cuando la fe era más devocional y personal, menos atenta a la dimensión social con que se concretiza nuestra experiencia de Jesús.

No toca a la Iglesia imponer criterios, sino persuadir, como lo hizo Jesús, basándose en los puntos más fundamentales de lo que es la decencia humana. 

Corpus Christi no ha de ser un modo de afirmar la identidad católica, sino que tendría que verse como una oportunidad para afirmar valores del evangelio. Valga recordar la ocasión en que papa Francisco dijo que la comunión eucarística no es para los santos, sino para los pecadores. 


Valga también volver a recordar lo que fue la eucaristía durante el primer milenio del cristianismo, el nombre para la oración comunitaria, antes que el nombre para una cosa que se debe adorar. Jesús vive en nosotros y los cristianos constituimos el Cuerpo vivo de Cristo.

Algunos se obsesionan con ver a Jesús en la Hostia, pero no ven a Jesús en los pobres y necesitados. "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis." (Mateo 25,40) Son como los que se obsesionan con legislar contra el aborto y salvar los fetos, pero no piensan en leyes sobre la salud, la educación, la alimentación de los niños nacidos, así. Justifican la riqueza de los ricos, pero no pueden justificar legislación social a favor de los pobres y necesitados. Eso no es lo que enseña la doctrina social católica, ni tampoco los evangelios. 

Invito a ver mis apuntes de años anteriores correspondientes a esta solemnidad. Recomiendo en particular los del año 2020 (oprimir). También recomiendo los del 2023 (oprimir). 

 

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