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Domingo 12 del Tiempo Ordinario, Ciclo A

 

 


En el evangelio de hoy Jesús anima e instruye a sus discípulos al salir en misión.


La primera lectura es del profeta Jeremías 20,10-13. Le tocó a este profeta denunciar la infidelidad (y la inmoralidad orgullosa) de Judá que llevaría a la ruina nacional con la invasión y deportación al exilio a manos de los babilonios. Sus profecías y sus denuncias provocaron gran hostilidad de los gobernantes y los poderosos, lo mismo que  de una parte del pueblo. Así, el profeta dice, «Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él». Pero el Señor es mi fuerte defensor». Los impíos orgullosos no temen a Dios y persiguen al profeta y Jeremías invoca la ira de Dios sobre ellos, confiado en que Dios salvará al justo. La lectura termina diciendo, «Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa».  


Notar ese último versículo, que habla del «pobre», el anawim, el desamparado a quien Yahvé distingue y rescata, en el que últimamente descansa el futuro de Israel y el futuro de la humanidad. 


Sabemos que a Jeremías le tocó vivir el cumplimiento de las profecías que Dios le llevó a pronunciar. Vio la llegada de los babilonios y la deportación del pueblo a la esclavitud. Se dice que con todo, murió apedreado en Egipto, a donde fue llevado a la fuerza por unos exiliados que seguían molestos por sus pronunciamientos. (Ver Enciclopedia católica.) 


Igual, hoy día volvemos a ver impíos como los ultra nacionalistas cristianos de Estados Unidos y España y otros países (lo mismo, los ultra nacionalistas judíos que no entienden el sentido de las Escrituras) que se burlan de los que anuncian la sana doctrina del evangelio. También a nosotros nos toca anunciar el verdadero sentido de lo que significa ser justos ante Dios y ser administradores responsables de los bienes que Dios nos ha dado. Como los apóstoles hemos de tener presente lo que Jesús nos dirá en el evangelio de hoy. Hemos de vivir como los pobres que se confían en Dios sin ambiciones, ni vanidad, armados solamente con su honestidad.



Respondemos a la primera lectura con versículos del salmo 68. «Por ti he aguantado afrentas,» cantamos, evocando las penas del perseguido y hostigado cuando anuncia el mensaje profético. Pero el Señor viene al socorro, al rescate. Por eso cantamos, «el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. Alábenlo el cielo y la tierra». Una vez más somos como los pobres (anawim) de Yahvé. 



Con la segunda lectura reanudamos el texto comenzado el domingo pasado de Romanos 5,12-15. El pasaje sigue remitiendo al misterio de nuestra salvación. Si por un hombre (Adán) entró el pecado al mundo y con el pecado, la muerte; por un hombre, Cristo, ha llegado nuestro rescate. Si por el primer pecado todos somos reos, por el sacrificio de uno (Jesús) todos somos salvos. «Si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos», nos dice.



El evangelio continúa la lectura de Mateo 10,26-33. No hay que tenerle miedo a los hombres, le dice Jesús a los discípulos. Por eso, lo que él les dice hay que proclamarlo sin temor, al modo del profeta que no teme las consecuencias de su predicación como la persecución y el martirio. «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma,» les dice. Luego termina, «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».



Durante siglos se interpretó el pasaje de hoy como dirigido sólo a los doce apóstoles y por extensión, a los obispos. Y es cierto que Jesús parece estarle hablando a los apóstoles, pero hoy entendemos que lo que dice aplica también a todo cristiano. Así también se tomó esto en los primeros tiempos, cuando todos los cristianos se sintieron llamados a dar testimonio de su fe y de su compromiso frente la inmoralidad de los paganos, al punto de estar dispuestos al martirio. 


Si nuestro cristianismo es sólo de domingo, o sólo de devociones y rezos y sentimientos de éxtasis, entonces somos cristianos sólo de nombre. La verdadera fe se traduce, no solamente a fantasías y emociones y devociones, sino al compromiso con la verdad frente a la jactancia y jaquetonería de los que no tienen temor de Dios.



Otro tema que Mateo integró al texto del evangelio de hoy es el de la providencia de Dios. «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga su Padre. Pues ustedes hasta los cabellos de la cabeza los tienen contados. Por eso, no tengan miedo: ustedes valen más que muchos gorriones,» nos dice. Dice que Dios se acuerda hasta del más mínimo detalle y nos tiene presente de la misma manera. Cuando un pajarito cae al suelo muerto, es porque Dios así lo dispone, o lo permite. Lo mismo hemos de pensar acerca de nosotros mismos. Si sufrimos a causa de nuestro testimonio, también Dios así lo permite o lo dispone y lo tiene en cuenta para nuestro bien. «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos», nos dice. 


Invito a ver mis apuntes para este domingo, del año 2023 (oprimir).


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