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Domingo 15 del Tiempo Ordinario, Ciclo A

 


En el evangelio de hoy Jesús presenta la parábola del sembrador

La primera lectura es del profeta Isaías 55,10-11. La Palabra de Dios es fecunda, nos dice, y es como la lluvia que baja del cielo y hace germinar en la tierra el alimento que da pan al que come. La Palabra baja del cielo y da semilla al sembrador y no vuelve a Dios vacía, sino que cumple el deseo del Altísimo.

Los humanos no somos extraterrestres en el planeta, no somos burbujas espirituales en medio de la tierra material. Somos descendencia de Adán, hechos de la misma materia del universo, del polvo de las estrellas. Dios nos hizo junto a todo los demás seres vivientes, como los árboles y la yerba y los insectos y los rumiantes y los pájaros y los peces, y todo lo demás. Todos somos el producto de la Palabra de Dios que sembró vida en el universo creado. 

Nuestra vida se da en una dinámica dentro de la misma dinámica natural del orden de toda la naturaleza. Esto se nos olvida cuando nos hacemos proyectos de hacer ciudades y producir comida y vestido y vivienda como si fuésemos extraterrestres. Es curioso que en las películas futuristas se presentan a los humanos en ambientes completamente artificiales, como expresando un juicio negativo de los ambientes naturales.

Hemos de recordar que el aire que se contamina es el mismo que respiramos. En cierto modo es como envenenar nuestro brazo como si el brazo no fuera parte de nosotros mismos. Así corremos el riesgo de envenenarnos a nosotros mismos cuando envenenamos el mar y alteramos el balance biológico de los ecosistemas en que estamos orgánicamente insertados. Los componentes ecológicos del planeta son como un gran organismo y nosotros vivimos integrados a ese gran organismo. Envenenar una parte del organismo ecológico del planeta es envenenar nuestro propio organismo, nuestro propio cuerpo.

Dios siembra su Palabra en este mundo y en nosotros mismos. Nosotros mismos, igual que todo lo creado, somos derivados de la semilla que es la Palabra de Dios cuando dijo, «Hágase» y todo se hizo. No somos dueños de la creación, sino hijos de la creación de Dios y parte integrada a todo el resto de la creación.

Escuchar a Dios es también escuchar la naturaleza. Al observar y reconocer el orden de la naturaleza y respetarlo nos respetamos a nosotros mismos y respetamos a Dios. Eso es lo que implicará la parábola del sembrador que veremos en el evangelio. 

Toca a nosotros orientarnos, sintonizarnos a esa Palabra para que podamos rendir frutos de vida eterna. 


Respondemos con el salmo responsorial, con versos del salmo 64. Cantamos a Dios que cuida de nosotros y de la naturaleza con el ciclo de las estaciones. «Tú cuidas la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida», cantamos. 


La segunda lectura de hoy continúa con el texto de san Pablo, de la epístola a los Romanos 8,18-23. Recordemos los pasajes de los domingos anteriores: fuimos liberados por Jesús en la fe y el bautismo del Espíritu. Ahora se acerca la liberación final de toda la creación con el fin del mundo, supone Pablo en este texto. Y lo mismo, con la creación entera resucitaremos a la vida feliz de los tiempos mesiánicos.

Y es verdad que se acerca el fin del mundo, en la medida que cada uno de nosotros puede morir en cualquier momento y para los efectos ese será el fin del mundo para cada uno. Dichosos nosotros, renacidos en el Espíritu, que vemos ese momento sin temor. Más bien sentimos deseo que sobrevenga ese final como expresa san Pablo al proponer que, «…los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios». 

La creación entera también se vio sometida al pecado, como consecuencia del primer pecado de Adán y Eva. Pero sabemos que llegará el momento de la liberación de este mundo caído. Así, «toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo». Según el tema de la Palabra que baja fecunda del cielo y la parábola del sembrador en el evangelio, ansiamos que se cumpla la promesa de nuestra salvación anunciada por Jesús, la que se dará con la llegada de los tiempos mesiánicos en que todo será armonía en la naturaleza y entre nosotros los humanos. No olvidemos que Jesús vivo no es un espíritu puro, sino Dios encarnado. Su cuerpo resucitado anuncia nuestra condición futura. Recordemos que Jesús ya resucitado se sentó y comió con los discípulos. 


En el evangelio de hoy, en Mateo 13,1-23 Jesús presenta la parábola del sembrador. «Salió el sembrador a sembrar,» nos dice. Esa es la imagen de Dios que envía su Palabra a la tierra. Igual, es la imagen del mismo Jesús que predica la llegada del Reino. Y también es la imagen de los seguidores de Jesús que salen a predicar por el mundo. Todo cristiano está llamado (en virtud de su bautismo) a anunciar la Buena Nueva del Reino. Entonces, su predicación propaga la Palabra de Dios en el mundo, es un vehículo para la acción del Espíritu entre nosotros. 

En la parábola Jesús dice que «…una semilla cae al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga».

El significado debería estar claro. Pero los discípulos le piden a Jesús que hable claro, que hable directo, que no hable de manera figurada, indirecta, en parábolas. 

Jesús les dice que el que sabe oír («el que tenga oídos, que oiga») entenderá. Pero muchos son incapaces de oír y entender porque tienen su alma embotada, su corazón embotado. Esto recuerda lo que Jesús dijo en el evangelio del domingo pasado (Mateo 11,25) cuando también habla de que los misterios del Reino están ocultos a los orgullosos y los vanidosos y se le revelan a los anawim, a los sencillos de corazón, a los mansos y humildes (Mateo 5,5: «Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra»).  

Bienaventurados los escuchan la Palabra de Dios y la guardan (Lucas 11,28). El mayor ejemplo y modelo de esto fue la Virgen María. 


Jesús explica la parábola más adelante. «Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».




Dios envía su Palabra, pero otra cosa es que podamos reconocerla, escucharla. Estar a la escucha de Dios es fácil y a la vez no es tan fácil. Se requiere humildad y sencillez y estar abiertos a que Dios nos sorprenda y nos demos con él de manera inesperada. 

Fácilmente vamos a la Biblia, por ejemplo, asumiendo que ya sabemos de antemano lo que encontraremos. Otra cosa es ir a los textos sagrados con la mentalidad del curioso que no está del todo seguro de lo que encontrará. Eso es ir hacia Dios con un corazón dispuesto a escuchar lo que Dios nos quiere decir. Si ya vamos con ideas preconcebidas, no será tan fácil escuchar a Dios, dejar sorprenderse por Dios. 

Hemos de tener precaución de no hacernos un ídolo, un Dios a la medida de nuestras propias ideas, o de nuestros deseos y nuestros prejuicios. La necesidad de seguridad en qué creer, o de domesticar a Dios, es lo que explica lo que le sucede a los fundamentalistas, cuando insisten en aferrarse al sentido literal y estricto de la Biblia. Para ellos la Biblia es diáfana y sólo hay que atenerse a lo que está escrito, lo que está ahí. Pero en realidad toman «lo que está ahí» a su conveniencia y entonces justifican la esclavitud y el racismo, la inferioridad de la mujer y la condena del homosexualismo a la ciega y de una manera poco cristiana.

Escuchar la Palabra por el filtro de los prejuicios es otro modo con que se dan los abrojos y espinas que ahogan el brotar de la fe. De ahí que Jesús nos exhorte a asumir la mirada inocente de los niños. «Les aseguro que si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos. El más importante en el reino de los cielos es el que se humilla y se vuelve como este niño.» (Mateo 18,3)

Eso implica que los tradicionalistas dejen a un lado sus manías con la tradición y los liberales o «modernistas» dejen a un lado sus manías de «progreso». Vaticano II no fue el resultado de una manía «progresista», sino el resultado de quien escucha con sinceridad y sencillez a lo que la Palabra nos interpela.


Invito a ver mis apuntes sobre este domingo del año 2020 (oprimir)


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