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Domingo 14 del Tiempo Ordinario, Ciclo A

En el evangelio de hoy Jesús se revela como consciente de ser Hijo de Dios y se presenta como manso y humilde y nos exhorta a imitarlo.

La primera lectura es del profeta Zacarías 9,9-10. Es la que tradicionalmente asociamos a la entrada en Jerusalén el Domingo de Ramos. «¡Alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico… [el que] proclamará la paz a los pueblos».

Esta primera lectura la asociamos a su vez al evangelio de hoy, a Jesús que llega y expresa su consciencia de filiación divina y que viene a anunciar la llegada del Reino. Pero como sabemos no se trata de un reino político, sino de un reino del corazón y de cambiar el enfoque (la conversión) de nuestro modo de entender nuestras vidas. 


Respondemos con versos del salmo 144 ensalzando a Dios para proclamar la gloria de su reinado. Y como ya sabemos su Reino no es el del Cristo Rey de los que cien años atrás empuñaban los rifles para hacer guerra santa buscando imponer las leyes «cristianas» a las malas, ni el de los escuadrones fascistas de Cristo Rey de la España franquista en la década de 1960. Jesús es Rey, pero al modo de los mansos y humildes. Su reino se abre paso en este mundo, no por la imposición, sino por la persuasión que respeta la libertad, la dignidad humana, los derechos humanos.


La segunda lectura continúa la del domingo pasado de la carta a los Romanos 8,9.11-13. San Pablo nos sigue recordando que tras nuestra conversión y nuestro bautismo en la fe en nuestro corazón debe reinar el Espíritu, por lo que nuestra conducta debe revelar ese hecho. Los cristianos ya no han de vivir según la carne, es decir, según criterios egoístas que nos llevan a no respetar ni considerar a los demás, a no pensar en el daño que le podemos ocasionar a los demás con nuestras actividades y nuestras decisiones y nuestras omisiones. «…si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis», nos dice.

Con san Pablo reconocemos que el orgullo personal es uno de los elementos que llevan a pasar por alto las necesidades de los demás. Es lo que vemos en el caso de los cristianos ultra nacionalistas y los cristianos ultra tradicionalistas para los que es más importante el fetichismo de las apariencias o imponer sus propios criterios que el ser mansos y humildes de corazón, que es la característica de los verdaderos cristianos.


El evangelio de hoy continúa el evangelio del domingo pasado con Mateo 11,25-30. Jesús se revela a sus discípulos como Hijo de Dios y dice, «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Luego añade, «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».


Como en tantos otros pasajes de los evangelios, el de hoy también se presta para muchas digresiones.

En el evangelio del domingo pasado Jesús exhortó a cargar cada uno con su cruz, la cruz que se nos da a consecuencia de buscar el Reino de Dios y su justicia. En la continuación de la lectura del evangelio ahora Jesús nos dice que su carga es ligera y su yugo es suave. Es lo que apuntará luego san Agustín, «No hay trabajos difíciles para corazones amantes». Cuando uno va ilusionado como el enamorado, no ve los trabajos difíciles a los que hay que enfrentar a consecuencia de ese amor.

Como Jesús, no estamos llamados a amar la cruz como un fin en sí mismo (eso sería masoquismo). Estamos llamados a amar al prójimo y buscar el bien de los demás y si eso requiere aceptar una cruz como un medio (no como un fin), sea. 


Como vemos, el Reino de los cielos tiene su base en el corazón de los creyentes. A eso asociamos la exhortación de Jesús a ser mansos y humildes como él. Es el modo de ser de los que han ingresado al Reino. 

Valga recordar que ser mansos y humildes también era característica de los anawim, de los que conformaban el Resto fiel del pueblo de Dios. Es lo que vemos en el profeta Sofonías 2,3: «Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la cólera de Yahveh».

Es lo que también constatamos en el sermón de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mateo 5,3).

Invito a ver mis apuntes para este domingo del año 2023 (oprimir). 



 

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