El evangelio de hoy nos llama a no ser fariseos y trata de dos hermanos que escucharon el llamado de su padre. Uno cumplió y el otro no cumplió.
En el evangelio de hoy Jesús presenta una especie de parábola que ilustra el proverbio de «Obras son amores y no buenas razones».
La primera lectura es del profeta Ezequiel 18,25-28. «Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá», nos dice.
Puede que el malvado parezca pasarla bien en esta vida, mientras el bueno sufre y pasa dificultades. Pero Dios es justo y ofrece vida eterna al que cambia de conducta y es fiel a Dios.
Respondemos cantando versos del salmo 24: «Señor, enséñame tus caminos…haz que camine con lealtad». Puede que nos hayamos desviado del buen camino, pero pedimos a Dios que ilumine nuestro caminar, que podamos conocer cómo volvernos hacia él. Así podremos caminar con rectitud hacia el país de la vida.
La segunda lectura es de la carta de san Pablo a los Filipenses 2,1-11. Cristo no se consideró tan importante como para mirarnos por encima del hombro. Al contrario, simpatizando con nosotros abandonó su posición privilegiada de Dios y se hizo uno de nosotros y se rebajó. Para los efectos asumió la identidad de un esclavo, de un sirviente, se hizo humano como nosotros. Y en su condición de humano fue obediente a lo que Dios le pidió que afrontara, que fue el mundo típico de la condición humana, de las envidias, las confusiones y la agresividad de los humanos, que entonces lo llevó a su pasión y a su cruz. Y porque aceptó todo eso que tuvo que afrontar por amor a Dios y por amor a nosotros, por eso Dios «le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre…para que toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre».
Hoy también se ofrece la alternativa de leer para esta segunda lectura una porción más breve en que se ve la intención de san Pablo, de predicar la humildad cristiana de la que Jesús fue ejemplo. Los cristianos no han de actuar por rivalidad, orgullo, ostentación, por intereses egoístas o por ventajería. Igual que Jesús se hizo solidario con todos nosotros, así nosotros hemos de vivir en solidaridad unos con otros y sin pretensiones. Eso es lo que es ser humildes, no tener otra pretensión que el bien de unos hacia los otros, que son los sentimientos propios de Jesús mismo.
El evangelio es de Mateo 21,28-32. Jesús, hablándole a los fariseos y a los estudiosos de la Ley, presenta la historia de un padre que tiene dos hijos, que le pide a uno de ellos que vaya a trabajar a la viña y el hijo le responde que no, que no quiere ir. Pero luego el muchacho se arrepiente y va a trabajar a la viña. Entre tanto el padre va al segundo hijo y también le pide que vaya a la viña y el segundo le dice que sí, que irá. Pero entonces ese segundo hijo no va a la viña, a pesar que haber dicho que iba. «¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?», pregunta Jesús. Y todos contestan que fue el primero, el que cumplió la voluntad de su padre, a pesar de haberse negado de primera intención. Entonces Jesús le dice a aquellos fariseos y estudiosos de la Ley, «En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de ustedes en el reino de Dios». Porque los fariseos eran como el hijo que dijo que sí, pero en la práctica no fue a trabajar la viña. Los fariseos —como algunos cristianos muy católicos— dan un «sí» a Dios de apariencias pero en la vida diaria no se conducen según los valores cristianos del amor al prójimo. Entre tanto los pecadores, que de primera intención dieron un «no» a Dios, como son buenos de corazón, son capaces de arrepentirse y cambiar de vida y en la vida diaria actuar de acuerdo a los valores cristianos del amor al prójimo y el desprendimiento de su egoísmo.
Esto ya está preconizado en Isaías 1,17: « Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda».
Esto es lo que también quería decir san Pablo al hablar de la fe como más importante que las obras. Para Dios no es tan importante que seamos fariseos —católicos bien católicos, o gente de iglesia, bien de iglesia, por ejemplo— cuanto que seamos personas de bien, gente decente con amor al prójimo. «No son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ésos serán justificados. En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia». (Romanos 2,12-15)
Esto es lo que quiere decir que «el justo vivirá por la fe». «El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe», dijo el profeta Habacuc 2,4. «Y que la ley no justifica a nadie ante Dios es cosa evidente, pues el justo vivirá por la fe», dice san Pablo en Gálatas 3,11. Esto es, que profesar la Ley no basta, porque eso puede ser como los fariseos y el hijo que dijo que sí, que iba a ir, y no fue. Mejor es vivir de la fe, es decir, de la honestidad de corazón y la actitud de «manos a la obra» del hijo que dijo que no primero, pero luego fue e hizo su trabajo. Porque lo que cuenta es el amor en nuestro corazón con que entonces nos dedicamos al bien, al trabajo en pro de los hermanos. Un hombre de fe traduce su fe a la actividad en pro de los necesitados, al amor al prójimo.
No es que nos salvamos por un encantamiento mágico en que decimos, «Tengo fe» y esa es la llave del cielo. No es que nos justificamos por decir, «Voy a la viña» solamente (como el chico de la parábola de hoy). Lo importante no es lo que pronuncian nuestros labios o la beatería de las apariencias religiosas. Lo importante es cómo se demuestra lo que está en nuestra conciencia (que manifiesta lo que está en nuestro corazón) y que entonces practicamos en la vida diaria.
Esto es algo así como obligar a los gobiernos a pasar leyes antiaborto para entonces descuidar a las madres solteras o a los niños huérfanos, o los programas de socorro social como sucede en nuestros días en el caso de los católicos y los evangélicos ultra conservadores que andan cegados por sus ideologías políticas.
«No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad.» (1 Juan 3,18)

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