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El Titanic




Vivir es como estar en un barco que se hunde, ya que a fin de cuentas todos vamos al abismo, a la muerte. En el Titanic hubo un grupo de músicos que continuaron tocando hasta el final. Es como decir: mientras estemos vivos, la música vale la pena. Es algo admirable. ¿Cómo vamos a tildarlos de frívolos?
Músicos del Titanic
El que los denuncie (¿No se dan cuenta que el barco se hunde, que nos vamos a morir?) como predicador de ojos desorbitados es en realidad un amargado y un envidioso. Porque es cierto que nos vamos a morir, pero entre tanto estamos vivos con esta belleza de música. 
El profeta que anuncia, “El final está cerca”, nos dice que hay que pedir perdón por nuestros pecados y azotarnos y vestirnos de saco, cosas así. El que así piense, es su derecho. Pero no todos pensamos así y no hay que imponernos su austeridad puritana de religioso desquiciado. 
Retirarse de los escenarios del barco es como seguir al profeta que anuncia el final, sólo que con un proceder de más de sentido común. Eso tiene sentido sobre todo cuando lo que hay entre los pasajeros es un desorden, un pánico, un egoísmo rampante e incontrolado. Si lo que reina entre los pasajeros es la mentira, la liviandad, la idolatría del dinero y la vanidad, tiene sentido retirarse.
Esa retirada a un refugio de oración tuvo sentido en las postrimerías del imperio romano y en situaciones parecidas. Es algo así como si la casa se llenara de polvo y de ratas. Es normal que haya polvo, arañas, hormigas, cucarachas y sabandijas en los espacios de nuestro habitar. Convivimos con eso y otras cosas más. Es cuando eso se va fuera de control, que nos retiramos. 
Los monasterios respondieron a un tiempo en que era la única alternativa para espíritus sensibles, decentes, con sentido común. 
Pero ser cristiano no es ser monje. Es ser sensible, decente, compasivo. Es manejarse en los negocios y en los asuntos diarios con unos criterios que no son los de la ventajería y la supervivencia a toda costa. Ya está. Ahí está. 
El barco se hunde, el fin llegará en cualquier momento, y el cristiano sigue en los asuntos humanos diarios como los músicos que siguieron tocando hasta el final en el caso del Titanic. ¿Quién dijo que eso es fácil?
Los criterios del mundo son: yo primero; sálvese el que pueda; para todo asunto hay un truco para salir airoso. Uno no puede andar con chiquitas. En el amor y en la guerra, todo vale. Qué me importa la gente. Qué me importa el prójimo. 
Un “mundano” es un impío, uno que no tiene piedad, temor de Dios. Por tanto, no tiene consideración de los demás. En la vida es cuestión de arreglárselas y ya.
En los evangelios —este es el mensaje de Jesús— para ser persona de Dios una sola cosa basta. No es asunto de vigilias, oraciones, obras. Es asunto de una sola cosa. Lo demás, son adornos.
Uno que es cristiano entonces no se anda con los criterios del mundo. Eso es todo.
En esa clave podemos tomar palabras como la de Santa Juana Francisca de Chantal: “El amor divino hunde su espada en los reductos más secretos e íntimos de nuestras almas, y llega hasta separarnos de nosotros mismos”.
Dios está ahí, como el susurro de un viento que se pasea entre nosotros. No hay que ir a adorarlo en el Santísimo; lo tenemos al lado. 
Vale la pena vivir en este mundo. Es decir, en lo que el barco se hunde. 

Y esperamos con fe que Jesús alargará la mano y nos sacará del agua.
Domingo 19 Ord. A
Dibujo de Cerezo

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