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La matanza del día de San Bartolomé



Hoy le llamaríamos masacre. Es uno de los capítulos negros de la historia de las pugnas religiosas entre católicos y protestantes. No fue cosa de cristianos. 
Ya eso pasó. Pero los hay todavía, sobre todo en el mundo hispano, que siguen cultivando los mismos sentimientos de encono contra los protestantes. Piensan que la religión es asunto de ver quién tiene la verdad. Pero el cristianismo es asunto de fe, del encuentro con Jesús, del encuentro con Dios. 
Alguien que se ha enterado de la Buena Noticia, del Evangelio, no va a perseguir a otros cristianos simplemente porque interpretan la fe como si fuera un catecismo. 
Hay falsos profetas, cierto, como los que predican como si fuese que el cristianismo depende y se expresa en la abundancia de diezmos, o los que no pueden entender un cristianismo sin íconos, incienso, velas y devociones papales. El cristiano verdadero respeta la pluralidad de modos con que surgen las expresiones de la fe. La verdadera herejía está en afirmar la propia verdad como la exclusiva. De nuevo, la fe no es asunto de ver quién tiene la verdad.

Para la época de la matanza de San Bartolomé el catolicismo tenía un gran poder social y político. Estaba asociado a los grandes y poderosos. Muchos de sus obispos eran a la vez señores feudales, aristócratas. De ahí la práctica, ahora en desuso, de hacer una genuflexión con la rodilla izquierda y besar el anillo del obispo. La ceremonia de órdenes sagradas se modeló en la ceremonia de vasallaje, hasta que fue revisada en el siglo 20. 
Durante la Edad Media se fue olvidando el sentido de la fe. Cuando surgieron grupos como los de los cátaros y los albigenses en el sur de Francia y Cataluña, fueron vistos como una amenaza para la sociedad. Como en las discusiones ideológicas, cada parte llegó a los extremos, con tal de afirmar su punto. Cuando los dominicos se fueron por los pueblos a predicar y a buscar las ovejas perdidas, la fe comenzó a transformarse en asunto de definiciones y los frailes comenzaron a llevar la tarea de inquisidores. En el calor de la discusión ya no hubo diálogo, sino guerra. 
Como los aristócratas prevalecieron de manera contundente, la corrupción como una polilla se propagó sin obstáculo. En el contexto del mundo del comercio, todos las posiciones eclesiásticas se pusieron a la venta. Eventualmente aun los aristócratas tuvieron que comprar obispados, abadías, canonjías. 
El cristianismo se diluyó y se oscureció. Como el polvo de los siglos y el carbón del humo de las velas oscurece las obras de arte en las iglesias, así con el cristianismo en la Edad Media - Renacimiento. 
Los obispos y papas del siglo 15 al 17 no eran tan cristianos; eran más bien magníficos príncipes renacentistas. Eran admirables paganos. A no ser por Lutero y Calvino, el cristianismo hubiese seguido diluyéndose. 
Como en el caso de los albigenses y cátaros, esto de los grupos religiosos contestatarios se vio bajo un signo político - social. Fue algo desafortunado.

En Francia los evangélicos calvinistas fueron conocidos como hugonotes. La monarquía francesa a finales de siglo 16 no estaba en su mejor momento. España estaba en uno de sus mejores momentos. Sin querer o queriendo, el catolicismo sería un elemento cohesivo importante en la identidad de las posesiones de ultramar. El rey Felipe II consiguió de los papas el derecho a instituir diócesis y a nombrar e instalar obispos. 
Los grupos evangélicos calvinistas corrían por la libre, desde esa perspectiva. Los reyes españoles no podían permitir eso en sus colonias, no por razones de estado (hubiese sido anacrónico), sino por sus convicciones católicas según el momento.
 Los reyes franceses de la dinastía de los Valois se fueron muriendo jóvenes. Uno de los últimos de la dinastía, Carlos IX, acordó el matrimonio de su hermana Margarita con el rey de Navarra, Enrique de Borbón (primo distante de los Valois). 
Sólo había un problema con el matrimonio. El rey de Navarra era calvinista, era de los hugonotes. Pero cierto, aquello podría ser una oportunidad para conciliar católicos y protestantes en Francia.
La boda se acordó para al día de San Bartolomé, el 24 de agosto de 1572. Vinieron hugonotes de toda Francia para la celebración. También vinieron aristócratas adeptos a la causa calvinista. Por la noche, cuando todos estaban borrachos y adormecidos el duque de Guisa y su hermano el cardenal de Guisa y otros fanáticos católicos cerraron las puertas de la ciudad y se dedicaron a ir casa por casa asesinando hugonotes.
El río Sena de París corrió tinto en sangre a causa de la cantidad de protestantes que mataron los fanáticos católicos.
El recién casado rey de Navarra se salvó gracias a la intervención de su recién desposada. Y con la daga al cuello, tuvo que abjurar de su calvinismo y jurar su adhesión al catolicismo al momento.

Cuando le trajeron la noticia al rey Felipe II, éste ordenó una celebración de un Te Deum alabando a Dios de alegría. Fue como anunciarle una victoria en el campo de batalla.



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