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Lectura del domingo 20, Ciclo A |
Con motivo de la lectura de Mateo 15, 21-28
Jesús se rehúsa a responder a alguien que no tiene derecho a pedir.
¿Hay alguien que no tenga derecho a pedir gracia?
De todos modos la mujer acepta que no tiene derecho a estar en la mesa.
- La mujer pide al menos de las migajas que caen al piso.
La mujer demuestra humildad y fe.
- Reconoce que no tiene derecho: humildad.
- Sigue pidiendo, de las migajas: fe.
- Pide: cree en el que puede socorrerla, en Jesús, en Dios.
- Recibe por gracia a lo que no tiene derecho en justicia.
En la alegría del favor concedido uno puede olvidar que es un favor.
- Uno puede pensar que fue resultado del esfuerzo propio: me gané al Maestro.
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La situación de la mujer se parece a nuestra situación frente a Dios.
No merecemos el cielo. Todos tenemos esqueletos guardados en el armario. A veces la vida nos obliga a conducirnos contra nuestra conciencia. Otras veces, actuamos sin darnos cuenta de nuestra propia maldad. Es algo inevitable.
La mujer fenicia tuvo fe. Recibió por gracia lo que no merecía por derecho propio. Se puede pensar: logró merecerse el favor.
Pero si al final la mujer logró el favor por su esfuerzo, entonces no es un favor, es algo que conquistó y recibió por justicia. Dios está ahí para ser conquistado por nuestra coquetería, por así decir. Nos toca a nosotros “dominar”, ablandar, someter su corazón a nuestra voluntad. ¿No es algo sin sentido?
No tiene sentido querer comprar, lo que se supone es gracia a ser concedida, con donativos de dinero, de velas encendidas, de vigilias, ayunos, peregrinaciones y cosas por el estilo.
De ahí es que los puertorriqueños sacamos el “Ay bendito”. Nos imaginamos al jíbaro jaiba que se salió con la suya.
Claro, los buenos cristianos, igual que los ciudadanos decentes, no piensan así.
Por eso es que desde épocas medievales ha parecido incongruente el que un truhán sin vergüenza y sin madre, luego de una vida de fechorías pueda llamar a un cura, confesarse, morir, ir al cielo. Quizás ese fue uno de los motivos para pensar que tenía que haber un Purgatorio para ese tipo de personas.
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Del siglo 16 al siglo 18 este tipo de reflexión dio pie a muchas discusiones entre católicos y protestantes. No hubo argumento que no se desmenuzara.
A fin de cuentas, Dios es el que decide, él es quien sabe y conoce lo que pasa por la mente de cada uno.
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