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Miércoles de cenizas, año 2021

 

Mujer pidiendo limosna.

A continuación, comparto con los lectores unos apuntes del 2019. Al final hay enlaces a otros apuntes de años anteriores, sobre el miércoles de cenizas. 

En el Antiguo Testamento hay varias ocasiones en que alguien se rapa la cabeza, se viste de saco, se echa ceniza por la cabeza, para mostrar su tristeza y como testimonio de actitud de penitencia. 

Así, por ejemplo, vemos en Isaías 58,5: “¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero el día en que se humilla el hombre? ¿Había que doblegar como junco la cabeza, en sayal y ceniza estarse echado? ¿A eso llamáis ayuno y día grato a Yahveh?”

El cristiano no tiene razón para estar triste, hacer penitencia, decirle a Dios, “Mira como lloro, mira como sufro”. Dios no necesita perdonar porque no hay transgresión a la ley. Si no hay ley, no hay pecado. (San Pablo). 

Los cristianos somos del Pueblo de Dios en marcha, bautizados, redimidos, en el gozo pascual porque el Reino de Dios ya está con nosotros. Habitar en la compañía de la comunidad de cristianos ya es habitar en el Reino de los cielos. 

Alguien dirá que convivir entre cristianos no es estar en el cielo. Allá arriba, en el cielo, uno está gozando todo el tiempo y pasándola bien. Pero la convivencia entre cristianos es la misma historia de vivir en matrimonio. Nada peor que un matrimonio mal llevado, como se decía en el campo antes. 

Esto es así y a la vez, no es así, como pasa con todo en nuestra realidad, cuando el pan es pan y no es pan a la vez (hay tantas maneras de ser pan). “Nadie se baña dos veces en el mismo río,” según el adagio antiguo. 

Los cristianos de los primeros tiempos se encontraron con esta especie de paradoja. Uno se bautiza de adulto, tiene su encuentro con Cristo, se propone ser un buen cristiano. Con el tiempo, sin embargo, uno se va acomodando a las exigencias de la convivencia con los paganos. 

Es lo que sucede con el matrimonio. Es como el flamboyán, que comienza con flores y termina con vainas, como decían también los jíbaros de antes. [¿De veras que en la comunidad cristiana ya está presente el Reino?]

Está lo que cuenta un papa de los primeros siglos. Siendo monje, lo eligieron papa. Al principio resintió tener que dedicar tiempo a conversaciones insulsas sólo por las obligaciones de su oficio. Pero luego, con el paso del tiempo, se descubrió gustando y disfrutando de esas mismas conversaciones frívolas.

Ojalá fuese sólo asunto de conversaciones livianas. La convivencia con los paganos es como la del que se hace amigo de mafiosos. Uno fácilmente termina asociándose al crimen, cuando menos. Bien lo propuso Simone de Beauvoir: es imposible no respirar el aire contaminado por el humo de cigarrillo en un bar. 

Encontramos que los cristianos del siglo 4° no se bautizaban hasta el final de su vida. Ese fue el caso del mismo emperador Constantino el Grande, que esperó para bautizarse en su lecho de muerte. Constantino fue el emperador que despenalizó el cristianismo y dio fin a las persecuciones. 

Creo que fue Aristóteles que dijo que ningún hombre se considere feliz antes del momento de su muerte. A uno puede sucederle lo que a Job, que de un día para otro lo pierde todo: salud, hacienda, hijos, amigos. “Maldice a Dios y muérete,” le dice su esposa a Job (capítulo 2,9). 

Como en el Antiguo Testamento no tenían idea de que uno podía vivir más allá de la muerte, uno podía maldecir a Dios sin temor a represalias. Si Dios te tira a mondongo (como dicen en Tras talleres en Santurce) ya qué más da, pensaría la mujer de Job. 

El asunto es que parece que Dios hace lo que le viene en gana, como uno de esos hacendados engreídos de otra época. Lo mismo deja que los malos se salgan con la suya, que castiga a los buenos como si fuesen unos criminales. Y si no hay vida más allá de la muerte, eso es bien cruel.

Aquí es donde Jesús entra y le dice a sus discípulos, “No juzguéis”; “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”; “Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno”. 

Los discípulos por su parte le reconocen, “Vienen y le dicen: "Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios”; pero sobre todo le reconocieron en la fracción del pan.

El Reino no es del más allá. El Reino es del más acá, del aquí, ahora. Qué importa si hay o no un más allá. El Reino no es asunto de definiciones. No tiene que ver con cálculos y definiciones. Tiene que ver con la regla regia, la llamada Regla de oro, “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Encontramos en Santiago 2,12: “Hablad y obrad tal como corresponde a los que han de ser juzgados por la Ley de la libertad”.

Si obramos por miedo entonces no procedemos como dueños de nuestro propio actuar. A Dios no se le puede sobornar con nuestras buenas actuaciones. Eso es imposible. No tiene sentido pretender que podemos obligar a Dios a darnos lo que nosotros queremos como quien compra algo en las tiendas. A Dios no le podemos ofrecer algo que él no pueda rehusar. 

Esa es la libertad profunda del cristiano. Seguimos a Cristo por una decisión libre de la que nos maravillamos que pudiésemos ser capaces. Reconocer esto es encontrarnos iluminados por el bautismo del Espíritu.

Un cristiano se regocija en el amor a Dios y al prójimo sin importarle si existe un cielo y un infierno. 



En los evangelios mismos encontramos las tentaciones que asedian al cristiano. Son las mismas que asediaron a Jesús en el desierto. Son las que pueden llevar al cristiano a olvidar su encuentro personal con Dios. 

Primero el diablo le propone que sacie su hambre física. Por un plato de lentejas, por un mendrugo, más de uno vende hasta su madre. 

Luego el diablo le propone que sacie su hambre psicológica y su vanidad. Le tienta con el poder y autoridad sobre todos los reinos de la tierra, a condición que se arrodille frente al Maligno. De nuevo, más de uno le ha vendido el alma al diablo con tal de alcanzar la cima del poder.

Finalmente, el diablo le presenta la última tentación, la que llega cuando uno ya se cree “bueno”, la del farisaísmo. Es la pretensión de que uno merece que Dios esté pendiente de uno. Tírate al vacío, que Dios enviará sus ángeles para protegerte, le dice el diablo. “No tentarás al Señor tu Dios,” le dice Jesús. 

El cristiano tiene los pies en tierra y sabe que entre nosotros y Dios hay una separación, (la de lo desconocido). 


Refiero a mis lectores a mis apuntes de años anteriores (presionar sobre el año):

2008, 2009-1, 2009-2, 2016, 2017 

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