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Domingo de la Santísima Trinidad, Año 2021

 

Murillo, La Sagrada Familia

La revelación de Jesús como Palabra del Padre llevó eventualmente a formular la doctrina de la Santísima Trinidad. Esta fe trinitaria es algo fundamental en nuestra fe cristiana, que le es común a todas las ramificaciones del cristianismo tradicional, en Oriente, en Occidente y las diversas iglesias desprendidas de Roma luego de la Reforma. Este misterio de nuestra fe lo celebramos este domingo.

Cuando decimos «misterio» apuntamos a hechos que no se nos revelan en términos intelectuales o racionales, sino hechos que se nos revelan en el contexto de nuestra fe. Puede tratarse también de hechos en que la presencia de Dios irrumpe en nuestro mundo, algo así como la aparición del eterno en el tiempo, que por fuerza tiene que darse bajo apariencias y formas materiales. 

El misterio de la Santísima Trinidad se reveló en el tiempo a través de las discusiones teológicas y las especulaciones bizantinas del siglo cuarto y quinto después de Cristo. Pero eso no hubiera sido posible sin la revelación inicial, fundamental, de Jesús como Palabra del Padre, como Verbo Divino. Ahora bien, esa revelación de Dios como Santísima Trinidad es un caer en cuenta posterior, pensado en los esquema griegos y bizantinos, sobre la revelación evangélica de la persona de Jesús. 

A partir del siglo diecinueve caimos en cuenta de que hubo una primera predicación de Jesús, que luego fue transmitida por los discípulos en las primeras comunidades. Nos percatamos que durante los primeros trescientos años del cristianismo esa primera predicación fue procesada, o reinterpretada dentro de la manera de pensar de los «helenistas», cuando ya los judíos eran minoría entre los cristianos. 

Esa consideración podría llevarnos a pensar que los helenistas tergiversaron el mensaje original del evangelio al forzarlo dentro de los moldes de su mentalidad neoplatónica. Pero no hay que entender el asunto de esa manera. Cien años más tarde seguimos reconociendo que no se puede captar el misterio de la Santísima Trinidad sin tener en cuenta la Revelación fundamental de Jesús, Hijo del Padre, según se dio en el espacio cultural judío.

Así es como los estudiosos se han interesado en recuperar la expresión original de la revelación del Padre, que no se dio como en los esquemas del pensamiento griego, sino que se dio originalmente dentro de los esquemas de la cultura judía del tiempo de Jesús.

Desde la segunda mitad del siglo 20 se vino hablando (entre los estudiosos) sobre la necesidad de enfocar a Jesús como judío entre judíos. De esa manera se podrían superar los falsos dilemas entre «liberales» y «conservadores», que fueron dándose desde finales de siglo 19. 

Los liberales habrían vaciado la fe de su contenido espiritual, eliminando el aspecto divino de Jesús. Es lo que criticó Karl Barth desde los años de 1940-1950 (cito de memoria). Recordemos que el papa Pío XII elogió a Barth como el teólogo mayor de su tiempo, quizás porque no leyó bien la teología católica de su tiempo, la que luego desembocó en el Concilio Vaticano II. 

Los conservadores o tradicionalistas por su parte habrían entonces enfatizado la divinidad de Jesús de manera explícita, en detrimento del Jesús histórico. 

Entre tanto gente como el pastor Dietrich Bonhoeffer subrayó la irrelevancia del Jesús de la religión frente al ateísmo laicista de nuestro tiempo. Bonhoeffer fue un pastor que luchó contra el régimen fascista ateo de los nazis alemanes y terminó ahorcado por las fuerzas del régimen, lo mismo que tantos otros mártires cristianos, víctimas de fascistas y de comunistas. A fin de cuentas, fascismo y comunismo son dos expresiones del mismo laicismo irresponsable en nuestro tiempo. 

Así, a finales de la década de 1950 y comienzos de 1960 en el mundo anglosajón se habló de un cristianismo no religioso, sin expresiones eclesiásticas o tradicionales. El problema es que siguiendo esa manera de ver las cosas uno puede terminar perdiendo la identidad cristiana. Un poco más y el cristianismo podría cederle el puesto a los budistas, por ejemplo. Pero claro, ya para el primer tercio del siglo 21 podemos decir que no hay que perder la identidad de cada uno y que para ser ecuménicos, basta encontrar aquello en lo que coincidimos.

Pero en la década de 1960 el asunto no estaba tan claro. Para algunos esto de hablar de un cristianismo sin religión fue el colmo del liberalismo. Cierto que esa idea de un cristianismo al margen de las expresiones institucionales cuadró muy bien con la mentalidad de las comunas hippies y más tarde con la corriente de «la Nueva Era», o New Age. El Vaticano desató una campaña contra todo eso en el mismo espíritu con que atacó la modernidad a comienzos del siglo 20.

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Uno puede pensar que la divinización de Jesús fue producto del filtro de la mentalidad del helenismo en el mundo grecorromano. En el mundo griego, como lo vemos en Homero, en la Ilíada y la Odisea, lo mismo que en el teatro griego, los dioses con frecuencia conviven con los humanos porque gustan de la vida humana. Igualmente, los dioses tienen relaciones íntimas con los humanos y así nacen los héroes, que son mitad dioses y mitad humanos. Tales héroes fueron, por ejemplo, Eneas, fundador del linaje romano, hijo de Venus y el humano Anquises; lo mismo vemos en el caso de Hércules, hijo de Zeus y la humana Alcmena; así. 

Dentro de esa mentalidad, Jesús fue visto con ojos griegos o «helenistas», y de ahí habría derivado la idea de la Santísima Trinidad. Esto es en realidad una media verdad. Lo que es cierto, ciertamente cierto, es que fue inevitable que Jesús, salido del ambiente cultural hebreo, fuese entendido en una variante judeo-helenística. El Jesús del helenismo es como la traducción del hebreo al griego; es como la traducción de un lenguaje a otro. Un lenguaje siempre corresponde a una mentalidad y por eso es que traducir siempre es un tanto cometer una traición contra lo que dice la versión original.

De esa manera —habrían dicho los liberales como Renan y otros— el Jesús original era un profeta, pero no un Dios encarnado. Ahí está la importancia del rescate del Jesús histórico. Y al ir a ese Jesús histórico encontramos que no es cierto que Jesús se hubiese presentado como un simple profeta, o un simple maestro de buenas costumbres. No hay que caer en un infravaloración de Jesús como objeto de nuestra fe. Jesús, el Maestro, el Rabino judío reclamó claramente ser de carácter divino, imbuido del Espíritu Santo. 

En este esfuerzo se ha podido confirmar que Jesús, al llamarse «Hijo del Hombre», propuso claramente ser Hijo de Dios. Esto es lo que explica y detalla Daniel Boyarin en su publicación The Jewish Gospels. Boyarin es un prestigioso rabino judío. 

En esta misma línea, de una mirada a los evangelios y a Jesús «desde abajo» (sin conceptos o prejuicios «desde arriba») ha salido una publicación aprobada por el Vaticano, “È fuori di sé”— La cristologia “blasfema” dei racconti evangelici (“Está fuera de sí“ — La cristología “blasfema“ de las narraciones evangélicas), de Aldo Martin (Ediciones Messaggero Padova). El título remite a Marcos 3,21 y a Juan 10,20, cuando los parientes de Jesús vienen a hacerse cargo de él porque parecía estar loco, o estar poseído de un demonio. La cristología blasfema pone atención a los pasajes como ese en que los que estaban alrededor de Jesús lo denunciaban por blasfemo porque no entendían, o no podían admitir lo que Jesús decía y hacía. Tales pasajes ponen en evidencia la manera con que él se veía a sí mismo y la manera con que los de su entorno lo veían a él. 

Conclusión: Jesús se presentó y se vio a sí mismo como hijo de Dios, con carácter divino y además, con autoridad divina para expulsar demonios. Más aún, delegó en sus discípulos esa autoridad. 

Visto de esta manera (a esta luz) vemos que pasajes como las narraciones al comienzo del evangelio de Lucas sobre la Anunciación del ángel y la concepción del Bautista, no fue algo artificial, sino unas narraciones de entero crédito para los primeros discípulos en cuanto judíos, una manera de captar al Maestro en quien así se cumplían las profecías.

Como señala Boyarin lo que encontramos en Daniel capítulo 7 anuncia la Santísima Trinidad. La visión de Daniel en ese pasaje es la de la Divinidad Suprema y además, una figura igualmente divina, como la un «Hijo de Hombre». 

Daniel 7,13-14 – he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano [Dios] y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

Esa es la referencia que Jesús le dio al Sumo Sacerdote cuando fue interrogado la noche de su Pasión. 

Mateo 14,61-62 – Pero él [Jesús] seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?" Y dijo Jesús: "Sí, yo soy, y veréis "al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo.""    


El lector puede continuar esta meditación. También puede ver mis apuntes de años anteriores:


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