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Domingo de la Santísima Trinidad, año 2020

Joaquín Villegas, Dios pinta la Virgen de Guadalupe.
Época colonial-México, siglo 18. Dios pinta la Virgen de Guadalupe


En los siglos cuarto y quinto de nuestra era cristiana muchos se mataron a nombre de las definiciones de los concilios de Nicea y Calcedonia y otros concilios que trataron el tema de Jesús y la Santísima Trinidad. 
Más adelante los visigodos que se establecieron en España y Francia eran arrianos, es decir, que no aceptaban a Calcedonia. Me llamó la atención leer que los Suevos de Galicia no aceptaron a los godos y su rito visigótico y se declararon "romanistas" o "romanos" en el sentido de adherirse al rito romano que para ellos fue representativo de la doctrina correcta, la ortodoxia. 
La cosa cambió cuando el rey Recaredo se convirtió al catolicismo, a la ortodoxia romana, y con él todos los godos españoles acudieron a ser bautizados. Es que en las tradiciones germánicas de caudillismo, algo que heredamos en la mentalidad hispana, hay que seguir al caudillo ciegamente y sin cuestionar. 
Eso me llevó a pensar que al nivel de la calle no es tan relevante distinguir entre herejía y ortodoxia. Después de todo el ritual visigótico era casi lo mismo que el galicano en Francia. De hecho se siguió practicando, ahora bajo el nuevo régimen de Recaredo. Cuando los árabes conquistaron la Península, ese mismo ritual visigótico adquirió un nuevo nombre. Cuando los suevos iniciaron la reconquista contra los moros, hablaron del ritual "mozárabe", quién sabe si para subrayar que era como una desviación de la manera correcta de llevar la eucaristía. De esa manera el ritual mozárabe desapareció a medida que se dio la reconquista de la Península.
El cristianismo de aquellos tiempos pasó por la transformación del neoplatonismo de la época. Hoy día nos damos cuenta de algunas diferencias, como las que pongo en el siguiente diagrama. 
Aquellos concilios convirtieron a Dios en un "algo". En realidad no tenemos modo de decir exactamente lo que es Dios, de la manera con que podemos hablar de la luz en términos de paquetes de electrones. Sin dejar de creer en la Santísima Trinidad hay que estar atentos, como decían los predicadores de otras épocas, porque el diablo anda suelto. Uno puede caer en la idolatría cuando se pone a filosofar.
Con eso de trasfondo propongo los siguientes párrafos, tomando el concepto de la historia de la salvación como la idea central de nuestra realidad. Es lo que se puede resumir en el concepto de la Promesa, según San Pablo, como a continuación.
La Ley, dice San Pablo en Gálatas 3,19, «Fue añadida en razón de las transgresiones hasta que llegase la descendencia, a quien iba destinada la promesa, ley que fue promulgada por los ángeles y con la intervención de un mediador. Ahora bien, cuando hay uno solo no hay mediador, y Dios es uno solo».
Lo que realmente propone San Pablo es que Dios desde toda la eternidad dispuso lo que conocemos como la Historia de la salvación. 
Uno puede pensar esto en términos de que anticipó el pecado de Adán y Eva y el hecho que se vería precisado a enviar un Salvador, un Redentor para borrar el pecado original.
En nuestros tiempos es necesario modificar esta manera de ver el asunto, sin por eso alterar la fe católica que Jesús nos transmitió y que nos llega en los evangelios y en la tradición. 
Desde comienzos de siglo veinte los estudiosos de la Biblia señalaron que no hay modo de afirmar que Moisés fue el autor de los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco) o que Adán y Eva son personajes que existieron y que hubo un Paraíso terrenal. 
El Vaticano tardó en reaccionar de manera adecuada y todavía en vísperas del Concilio se emitían condenaciones y anatemas contra los que se atrevieran a decir lo que alegaban los estudiosos de la Biblia. En 1909 el papa Pío X le pidió a los jesuitas que establecieran el Pontificio Instituto Bíblico para poder desmentir tales propuestas. Pero los profesores del Instituto no pudieron hacer otra cosa que encarar la realidad, que fue lo que no supieron hacer los de la Inquisición cuando condenaron a Galileo. 
En el catolicismo romano los de la Curia andaban con pies de plomo. Baste notar que hasta Pío X era pecado leer la Biblia. Hasta los seminaristas tenían que tener permiso. En 1943, en medio de la guerra, Pío XII produjo una encíclica, todo un documento, para justificar el uso de traducciones directas de las lenguas originales. Hasta entonces los católicos sólo podían, so pena de pecado, manejar las traducciones de la versión en latín conocida como la Vulgata
Algo bueno, salió de esto, ya que los profesores del «Bíblico», como se les llamaba a los del Pontificio Instituto, tuvieron que afinar su manera de presentarle los hechos a la Curia. Uno de los resultados fue la Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la Divina Revelación del Concilio Vaticano II.
De ahí nació la interpretación de Adán y Eva que se propagó en la segunda mitad del siglo veinte: es una narración simbólica que representa o explica la condición humana atrapada en la tendencia a desobedecer a Dios.
Con todo el asunto no podía quedar ahí. Esto que pongo aquí no es el resultado de mis investigaciones personales. Entiendo que entre los teólogos de mediados de siglo veinte surgió este modo de entender la cosa, que ahora presento.
Si Dios es Dios, él no puede decidir o actuar obligado por nada. Si Dios creó el mundo, no es que entonces se va a ver forzado a tener que alterar la historia del mundo en función del hecho que Adán y Eva no actuaron como se esperaba de ellos. No es que la redención fue un invento de Dios para solucionar un problema que él no buscó. 
Además, el pecado original no figura como un elemento de importancia en lo que encontramos a lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento. Cierto que se menciona de pasada, pero no como un elemento central de la historia de la salvación. 
Tiene más sentido pensar lo siguiente.
El mundo es como es, de la manera que nos lo encontramos. Hemos de asumir que así es como Dios quiso que fuera desde toda la eternidad. Dios ama su creación, al punto que también quiso hacerse humano y tener la experiencia de vivir en este mundo. Desde la eternidad anticipó el hecho de la encarnación como algo ya establecido de antemano.
¿Qué tiene que decirnos Dios a nosotros, sus hijos? Es lo que encontramos en Jesús, Palabra del Padre. Cuando Jesús sale por los caminos de Galilea no dice que aquí está el cordero que va a inmolarse para que todos tengan la salvación, porque su Padre exige una satisfacción que vengue su honor ofendido. 
No, Jesús dice otra cosa. Dice que el Reino ha llegado. Salvarse es ingresar en el Reino. Para ingresar en el Reino basta creer en él y lo que él dice. El eje de la historia de la salvación no es el pecado original, sino la Promesa hecha a Abrahán, como dirá San Pablo en la epístola a los Gálatas. 
La salvación deriva del encuentro con Dios en la persona de Jesús. Esa es la fe, no como unas definiciones abstractas, sino como una experiencia de vida, una experiencia vivida. 
Piense el lector: te pueden traer todo tipo de argumentos sobre la conveniencia de casarte con esta otra persona. Te pueden hacer análisis de DNA, de contabilidad y leyes de herencia, de antepasados, de tantos elementos que pueden contribuir a un matrimonio perfecto. Es lo que encontramos en la nivola de Don Miguel de Unamuno, Amor y pedagogía. A la manera de un mundo futuro imaginario, como también hizo Aldous Huxley en su Un mundo feliz, es posible que en un futuro encarguemos hijos por catálogos y lo mismo, busquemos pareja según unos algoritmos abstractos. 
Por eso es que no hay que perder tiempo en analizar la fe y definirla con argumentos rebuscados. La fe no es asunto de definiciones. Es algo que se da al modo con que nos enamoramos de alguien.
La fe no es un mirar y ver. Es un asunto de experimentar, al modo con que se experimenta el amor, o como se sienten las atracciones asociadas con los valores. A Dios no le vemos, sino que le sentimos, a la manera con que la belleza nos llama la atención.

El lector puede consultar mis apuntes de años anteriores con motivo de este domingo.



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