El 6 de enero celebramos la Epifanía del Señor, la Revelación de Dios al mundo en la persona de Jesús recién nacido al que vinieron a adorar los pastores y que en esta fiesta asociamos a la adoración de los Reyes Magos según la narración del evangelio de san Mateo 2,1-12.
Como el 6 de enero cae en día de semana, en países (como Estados Unidos) en que no se reconoce oficialmente esta fiesta, la celebración se da el domingo más cercano. En países como España y Puerto Rico e Hispanoamérica este domingo celebramos el Domingo 2 del ciclo de Navidad y la Epifanía la celebramos el día 6 de enero.
Un dato curioso que explica el origen histórico del decir que en Puerto Rico se dan las Navidades más largas, de más larga duración: a comienzos del siglo 20 los norteamericanos intentaron imponer que el 6 de enero fuese un día de clases normal en las escuelas. Pero eso fue imposible, porque estudiantes y maestros seguían celebrando la fiesta Reyes ese día, ignorando las directrices del gobierno colonial. Celebrar Reyes sigue siendo hasta hoy una manera de celebrar nuestra puertorriqueñidad.
Las lecturas del Domingo 2° de Navidad son prácticamente las mismas del día de Navidad, con el evangelio de san Juan 1,1-18 que proclama explícitamente lo que celebramos, la encarnación de Dios en Jesús; Jesús como la manifestación (epifanía) de Dios con nosotros.
Jesús se presentó como el Mesías, el Rey esperado para la salvación de Israel. Esto fue lo que anunciaron los profetas que leemos en el ciclo de Navidad y Epifanía: Israel, que yacía en tinieblas, ahora ha visto una gran luz y llega el Rey para impartir justicia. Los judíos entendieron esto en términos políticos, en el sentido de un futuro Israel que sería la cabeza de un gran imperio que traería la paz al mundo entero. Pero ese reino y ese imperio no es de tipo político. Esto es lo que todavía no entienden los israelitas de hoy día cuando reclaman que todo el territorio de Palestina les pertenece. Tampoco lo entienden los cristianos ultra derechistas evangélicos y católicos que respaldan el genocidio del pueblo palestino hoy día y que ven el reino político de Israel como algo anunciado en la Biblia.
Jesús mismo habló de la destrucción de Jerusalén y del segundo templo (Mateo 23,37) con lo que implicó que los israelitas ya no serían los herederos de la tierra prometida como castigo a sus infidelidades. Es lo que sucedió con el primer templo y ahora Jesús lo confirmó con relación al segundo templo.
De todas maneras quedó claro que a partir de Jesús «reino», «rey», «Jerusalén» y así, todo eso relativo a las promesas mesiánicas habrían de tomarse en sentido espiritual, como en el caso de la Jerusalén celestial del Apocalipsis. «Mi reino no es de este mundo», le dijo a Pilato (Juan 18,36). En esa línea hemos de tomar el sentido de la manifestación de Dios en la persona de Jesús. En ese sentido hemos de tomar la narración del homenaje de los Reyes que vinieron a adorarlo.
Baste repasar lo que es el anuncio del Reino de Dios en los evangelios para notar que con Jesús ahora la salvación se anuncia a todo el mundo "hasta los confines de la tierra", de manera que todos tienen la oportunidad de incorporarse al nuevo Pueblo de Dios. El papel que antes tenía Israel lo tiene ahora la Iglesia universal, el cristianismo universal constituido por todas las iglesias cristianas (Efesios 2,13-14). Y está claro que el "espacio" del nuevo Pueblo de Dios no es un territorio nacional, ni se trata de ejercer un poder militar o una soberanía política sobre los demás. Se trata del poder y la gracia del Espíritu.
Pero tampoco vamos a tomar la vivencia en la fe en sentido de un cristianismo abstracto, descarnado, algo puramente espiritual, algo que es todo lo contrario de lo que representa la encarnación de Dios en Jesús. El reino de Dios anunciado por Jesús representa vivir en los escenarios humanos al modo con que Jesús mismo vivió la vida, apuntando al amor al prójimo, a la decencia humana, a la atención hacia los pobres y necesitados. Si eso implica denunciar las injusticias, sea. Ese es el sentido de la acción política que preconizaron los promotores de la democracia cristiana en el siglo 20 como Alcide de Gasperi en Italia, Eduardo Frei en Chile, Rafael Caldera en Venezuela y Dorothy Day en los Estados Unidos.
La participación de los cristianos en la vida social y política no se supone que tenga la finalidad de instaurar un estado confesional al modo de la España franquista de mediados de siglo 20. Su finalidad es promover la justicia social al modo de las organizaciones no gubernamentales. La práctica de la virtud de la justicia social (expresado en lenguaje aristotélico) se da en el esfuerzo de organizarse, de promover organizaciones que contribuyan al bien común de todos en sociedad. Su finalidad es la expresión del amor al prójimo de una manera que no busca gobernar sobre él sino amarle desde nuestra libertad respetando su libertad.
Invito a ver mis apuntes de años anteriores relacionados a la Epifanía: 2019, 2016 (oprimir sobre el año).

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