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Domingo 3 del Tiempo Ordinario, Ciclo A

 


En el evangelio de hoy Jesús comienza su ministerio y recluta a los primeros discípulos

La primera lectura de hoy está tomada de Isaías 8,23b-9,3. Refiere a las tribus de Neftalí y Zabulón (dos de los hijos de Jacob) que estuvieron asentadas al norte del reino de Israel y que fueron víctimas de los asirios. Pero Isaías les anuncia mejores tiempos: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande,» dice. Se regocijarán cuando Dios quebrante el yugo y la vara del opresor, cuando Dios anule el poder de los asirios. 

Isaías profetiza desde Judá que en ese momento escapó de la amenaza asiria, mientras el Reino del Norte, Israel, fue invadido y deportado por los asirios. Está diciendo que ese territorio que ahora es tierra de paganos (gentiles) y que yace en oscuridad para los hebreos, un día conocerá la liberación, «verá una gran luz».

Desde los primeros tiempos los cristianos hemos visto en estas profecías de Isaías que refieren al caso específico de su situación histórica, un significado universal mesiánico, a la luz de Jesús como el Mesías anunciado. En el resto del capítulo 9 (la continuación a la primera lectura de hoy) la profecía habla del salvador que saldrá de Galilea, el Emmanuel de Isaías 7,16 y que el evangelio de hoy (Mateo 4) confirmará.

Un formidable enemigo de los palestinos hoy día lo han sido los cristianos evangélicos ultra derechistas que le han dado un respaldo incondicional a los ultra derechistas judíos, basados en profecías como las de la primera lectura de hoy. Piensan que Dios le prometió a los hebreos la posesión de Canaán (el territorio del Jordán y Palestina) según las Escrituras. De hecho les prometió más, a Abrahán, como en Génesis 15,18 – "A tu descendencia he dado esta tierra, desde el rió de Egipto hasta el Río Grande, el río Eufrates". Esto significa que toda la tierra, desde la desembocadura del Nilo, hasta lo que es Iraq hoy día, le debería pertenecer al estado de Israel.

Pero profecías como la de Isaías de hoy refieren a la vuelta del Exilio y la construcción del segundo templo de Jerusalén, alrededor del 516 aC (antes de Cristo). 

Pero entonces Jesús llegó y denunció que el pueblo no mantuvo su fidelidad y por eso a su vez vaticinó la destrucción del segundo templo en los evangelios (Marcos 13 y Lucas 21). Jesús se lamentó sobre Jerusalén como en Mateo 23,37-38 y expresó el retiro de la promesa en la parábola de los viñadores homicidas como en Mateo 21,33-43 y en otras parábolas análogas, de manera que perdieron el derecho a la tierra prometida.  La parábola de los viñadores homicidas concluye: «Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.» (Mateo 21,43).  Todos los humanos estamos llamados a formar parte del Reino, del pueblo de Dios. 

Así, Jesús profetizó (como a la samaritana en el pozo en Juan 4) que en el futuro el culto ya no sería el del templo, sino el del corazón, al que estarían llamados todos los pueblos. El pueblo escogido de Dios es el Reino inaugurado por Jesús, conformado por los bautizados en el agua y el Espíritu. El nuevo pueblo de Dios fue anunciado por los profetas como el del corazón según la Nueva Alianza (Jeremías 31).

Lo anterior no quita que respetemos a los judíos y que no haya justificación posible para el antisemitismo. Uno puede estar a favor de los judíos y a la misma vez estar también a favor de los palestinos. Esto es lo que no entienden los que tampoco entienden que los cristianos debemos cultivar un espíritu de solidaridad ecuménica como lo hacemos especialmente todos los años en esta semana del 18 al 25 de enero, la semana del Octavario de la Unidad entre los cristianos. 


La primera lectura nos dice que por oscura que parezca la situación, Dios cumplirá su promesa de salvación. Nos hacemos eco de eso con versos del salmo responsorial (salmo 26): «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?….Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida». 


La segunda lectura continúa la primera carta de san Pablo a los Corintios 1,10-13.17, que comenzamos el domingo pasado y que seguiremos leyendo en estos domingos subsiguientes. Pablo exhorta a los cristianos de Corinto a mantenerse unidos en armonía, unidos en una misma doctrina, «un mismo pensar y un mismo sentir». En la historia del cristianismo esto no ha sido tan fácil. Los seres humanos fácilmente caemos en celos y recelos e interpretaciones diversas. Pablo nos llama a tener presente que mientras las ideas y los sentimientos pueden ser múltiples, la fe es una y Cristo es uno. Las expresiones y las ideas pueden ser múltiples, pero la fe fundamental es la misma, todos somos de Cristo. Esto sólo puede verse al concebir la fe, no como una doctrina, sino como una experiencia de vida, un camino de vida, el amor llevado a la práctica. Donde hay amor, allí está Dios.


Esta segunda lectura resulta ser apropiada en el día de hoy cuando se da la conclusión de la semana del Octavario de la Oración por la Unidad entre los cristianos de este año. Es triste y lamentable que todavía haya quien siga expresando hostilidad a otras iglesias cristianas. Invito a ver mis apuntes asociados al Octavario por la Unidad de los cristianos, del 2019 (oprimir).


La tercera lectura, el evangelio, está tomado de Mateo 4,12-23. Se ubica al mero comienzo de la predicación de Jesús, cuando Juan murió en la cárcel y entonces Jesús asume la misión de anunciar la llegada del Reino de Dios o «Reino de los cielos» en vocabulario del evangelio de Mateo. Jesús se estableció en Cafarnaún a orillas del lago de Galilea, como para cumplir la profecía de la primera lectura de hoy. 

El territorio de Zabulón y Neftalí coincide con la región del lago de Galilea y el monte Tabor. La ciudad de Cafarnaún estaba a las orillas del lago y probablemente fue un centro comercial importante en tiempos de Jesús. Sabemos que había una industria de pescado seco: se secaban los pescados al sol y así los vendían a las caravanas de comerciantes. Isaías 8,23 habla de que es la región del «camino del mar», quizás aludiendo a este tipo de tráfico. 

Mateo resume así la predicación de Jesús: «Conviértanse porque está cerca el reino de los cielos». Con la intención de ese anuncio Jesús entonces recluta sus primeros seguidores entre los pescadores del lago: Simón Pedro, Andrés su hermano mayor (conocido en las iglesias orientales como «Protoclétos» o «primero al mando»; quizás, «el primer llamado»). También recluta a los hijos del Zebedeo (Santiago y Juan). Con ellos entonces se fue a caminar por toda la región de Galilea, visitando las sinagogas en las aldeas y anunciando la llegada del Reino. 


Tradicionalmente en las parroquias se aprovecha este domingo para hablar de las vocaciones al ministerio de las órdenes sagradas y a la vida religiosa. Pedro, Andrés, Santiago y Juan lo dejaron todo para irse con Jesús a caminar por las aldeas como predicadores vagabundos, algo así como los que a veces se ven en las plazas de los pueblos predicando con un micrófono portátil. Eso está bien siempre que se evite el clericalismo tradicional en que se concibe la Iglesia como una institución que pertenece a los curas y a los frailes y a las monjas y se olvida que todos conformamos el pueblo de Dios, que el pueblo de Dios no es una corporación multinacional de la que los laicos son clientes. Los laicos no somos clientes, sino que somos miembros de la familia y todos somos piedras vivas del templo espiritual que es la Iglesia, todos somos miembros del Cuerpo de Cristo.

Ese sentido de todos nosotros como formando el cuerpo de Cristo (todas las iglesias en sentido ecuménico también conformando Cuerpo de Cristo) es algo que hay que cultivar. Algunos católicos viven obsesionados por el aborto y la adoración eucarística, pero no tienen idea de que Cristo está tan presente en el pan eucarístico como lo está en las Escrituras y en el Pueblo Santo de Dios, qué no se diga en cada uno de nosotros mismos, que somos templos del Espíritu Santo.

Invito a ver mis apuntes para este domingo, del año 2020 (oprimir). 









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