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Fiesta del Bautismo del Señor

La Epifanía o Manifestación de Jesús como Salvador y como Dios y hombre verdadero se celebra en tres escenas: la Adoración de los Magos, el milagro de las bodas de Caná y el Bautismo en el Jordán. Celebramos el mismo misterio de nuestra fe, la Encarnación, según tres escenarios asociados a Jesús que se manifiesta como el Hijo de Dios con nosotros. 

Celebramos a Jesús, hijo (descendiente) de David, rey que trae el reino de Dios al mundo, reino de justicia en el amor manifestado del Padre. 

La primera lectura de hoy es de Isaías 42,1-4.6-7. «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia ante las naciones…», dice. Como en los textos de Isaías para el ciclo de Navidad, se trata del anuncio mesiánico, de los tiempos en que llegaría el Salvador para rescatar a Israel. Ahora sabemos que al pueblo de Israel nos hemos incorporados todos los demás humanos y todos también somos herederos de la Promesa. «Tierra Prometida», «Israel», «Jerusalén», y «justicia de Dios» han de tomarse ahora con sentido espiritual y referidos al nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia. 

Para el salmo responsorial cantamos versículos del salmo 28 y alabamos a Dios al reconocer su revelación.

La segunda lectura está tomada del libro de los Hechos de los apóstoles 10,34-38. Es el momento en que Pedro ha caído en cuenta de que todos, judíos y no judíos (gentiles) somos hijos de Dios gracias a la revelación de Dios en Jesús. «Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas», dice. Dios acepta a todo el que lo reconoce («lo teme») y practica la justicia (es persona decente). Y entonces Pedro anuncia la Buena Nueva de Jesús, del evangelio, al grupo que lo mandó a buscar, todos gentiles. Mientras Pedro está predicando el Espíritu Santo sobreviene sobre el grupo y todos alaban a Dios. Esto último se lee en los versículos siguientes, que no son parte del pasaje escogido para la segunda lectura de hoy.

El evangelio corresponde a Mateo 3,13-17. Juan está predicando en el Jordán para que se cumpla la voluntad de Dios. Y Jesús viene a bautizarse y Juan protesta que Jesús es el que debe bautizar a Juan. Entonces Jesús le dice que hay que cumplir la voluntad de Dios al decirle, «Conviene que cumplamos toda justicia», es decir, que demos ejemplo de sumisión a la voluntad de Dios en el anuncio de los nuevos tiempos de la llegada del Reino, algo que los fariseos no querían admitir al no admitir el bautismo de Juan (en los versos anteriores al pasaje del evangelio de hoy). 

Entonces, cuando Juan bautiza  a Jesús el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús y se oye una voz del cielo: «Es es mi Hijo amado, en quien me complazco». De la misma manera todo cristiano se bautizará en el agua y el Espíritu. Y en la voz de Dios que se oyó del cielo al momento de su bautismo, se da el testimonio de que este es el Hijo de Dios.


En los textos mesiánicos como en el de Isaías de la primera lectura de hoy se anunció la llegada del rey mesías que vendría a traer la justicia de Dios y la restauración del pueblo de Israel, cuando Jerusalén sería el centro del nuevo universo mesiánico. Sólo que con Jesús eso se dio, pero no al modo de un reino político, ni de una autoridad política sobre los pueblos. El reino que Jesús anunció es el del corazón vuelto hacia el prójimo como expresión de su orientación al amor divino. La Jerusalén celestial y la restauración de Israel es el establecimiento del espacio del amor entre los seres humanos como en el canto de los ángeles, «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los de buena voluntad», el reino de paz y buena voluntad, el reino del imperio de la buena voluntad, cosa de gente decente. 


Así podemos interpretar el pasaje del evangelio de hoy cuando Jesús le dice a Juan, «…conviene que así cumplamos toda justicia» al instarlo a bautizarlo. Cumplir la justicia, ser justos, era declararse en público como de los que quieren ser gente de bien y de buena voluntad, lo que los fariseos no querían hacer.

Así, los amantes de la justicia serían los amantes de la buena voluntad entre los humanos, el deseo de cambiar de vida en una orientación hacia la decencia y la consideración del prójimo, de los demás. Esto es lo que los fariseos no quisieron reconocer, porque para ellos era más importante el cumplimiento de la ley, el vivir de la apariencia de ser gente correcta que pertenecía a la élite de la humanidad, el pueblo escogido. Con Jesús los cristianos no nos consideramos la élite de la humanidad, sino que nos consideramos servidores y no gente especial. Somos servidores al servicio del reconocimiento que el reino se logra con el amor al servicio del bien de los demás.

¿Es que Israel ha de incorporarse ahora también a la Iglesia? Esto es material de reflexión en estos días, la relación entre Israel y los cristianos. Deseamos evitar los prejuicios del antisemitismo mientras defendemos los derechos humanos de los palestinos. 

Invito al lector a leer la declaración del Concilio Vaticano II Nostra Aetate (oprimir para verla) sobre la Iglesia y las religiones no cristianas con énfasis particular sobre los judíos. Valga recordar lo que plantea el §5 de esa declaración: "La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, "observando en medio de las naciones una conducta ejemplar", si es posible, en cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos". 


Invito a ver mis apuntes para esta misma fiesta en años anteriores, como en el 2020 (oprimir).

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