En el evangelio de hoy Jesús predica las bienaventuranzas.
La primera lectura está tomada del profeta Sofonías 2,3; 3,12-13. «Buscad al Señor los humildes de la tierra,» nos dice, y más adelante: «buscad la justicia, buscad la humildad». Y termina, «El resto de Israel no hará más el mal, no mentirá ni habrá engaño en su boca».
La primera lectura refiere al Día de la Ira de Dios, que puede interpretarse como el Juicio Final. También puede verse como hablando de los últimos tiempos cuando venga Dios a repartir justicia. Ese es también el contexto en que Jesús predicó. Llega el momento en que, como dijo el Bautista, Dios hará justicia, la que anhelamos los sencillos de corazón cuando vemos la insolencia de los atrevidos que no temen a Dios.
Los estudiosos nos dicen que este pasaje menciona dos términos claves, los «humildes» (los anawim) y «el resto de Israel» (notas al calce de la Biblia de Jerusalén).
Los humildes no son humildes por ser pobres, sino por ser honestos y seguir confiando en Dios a pesar de las calamidades. «Humilde» equivale a ser auténtico, no tener pretensiones, ver las cosas como son y no pensarse de otra manera que como uno es. Los humildes son los auténticos, los transparentes.
En la vida real da la casualidad de que es más fácil que los pobres sean humildes, que el que los ricos sean humildes. Quizás por eso se confunde el ser humilde con ser pobre.
En medio de las vicisitudes de este mundo (como los desastres y las calamidades; pero también en el devenir de los días y las horas) los humildes de Israel son también el resto fiel, el resto que se mantuvo y se mantiene fiel a Dios. Con los profetas como Sofonías Dios dice que llegará y pondrá orden en el mundo y los grandes beneficiados serán los humildes.
Los cristianos, al incorporarnos al Reino de Dios inaugurado por Jesús, no suplantamos al Resto fiel de Israel al que Dios prometió la salvación. Más bien nos unimos a Israel, a ese Resto fiel, y junto a ellos configuramos el gran Pueblo de Dios. Pero notar que el Resto fiel de Israel no es el estado político y geográfico de hoy día, ni es la religión israelita. Lo mismo podemos decir de los cristianos. El Resto fiel cristiano no son las iglesias institucionales. El Resto fiel de Israel que conforma el Pueblo de Dios con el Resto fiel cristiano es el de los que son auténticos como israelitas y como cristianos y juntos somos herederos de la Promesa de salvación.
Con el salmo responsorial (salmo145) nos hacemos eco de la primera lectura. «El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos», cantamos. También cantamos lo que Jesús señalará como las señales de la llegada del Reino: «El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos».
En la segunda lectura (1 Corintios 1,26-31) encontramos también el tema de los humildes: «lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios», dice san Pablo y luego termina citando a Jeremías 9,22-23, «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».
La sabiduría que queda humillada según indica san Pablo, no es la de los filósofos y los científicos, sino la de los que se creen astutos y hábiles e importantes al moverse en los círculos de poder social. Igual, refiere a la sabiduría falsa de los que se mueven en los círculos religiosos como el de los fariseos que «se las sabían todas» en lo que refiere a nuestra relación con Dios. Entre los cristianos de hoy día también los hay que se creen en posesión de esa sabiduría.
A esa sabiduría contrapone Pablo a Jesús, «el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios». La sabiduría de Jesús es la de la persona honesta que sabe que quiere el bien, pero que sólo puede llegar al bien por la fuerza del Espíritu, según la voluntad de Dios. Es la del que es sumiso al plan de Dios. De ahí que el cristiano no pretenderá gloriarse en sí mismo, sino en el Señor.
El evangelio de hoy sigue la lectura continua del evangelio de san Mateo en el capítulo 5,1-12, que nos presenta el llamado «Sermón de la montaña» o el sermón de las Bienaventuranzas.
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos», nos dice. Ya vimos que los pobres de espíritu son los humildes, los anawim, los auténticos. Ellos son los mansos que «heredarán la tierra».
De la misma manera, Bienaventurados son los que lloran y los que tienen hambre de justicia porque serán consolados y serán saciados. Igual, Bienaventurados los misericordiosos y los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por la justicia. De todos estos es el reino de los cielos.
La lectura termina cuando Jesús dice, «Bienaventurados ustedes cuando les insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Con Jesús descubrimos que Dios es humilde. Esto es, que Dios es transparente, auténtico. No tiene segundas intenciones y su intención es el bien, el amor. Por eso son bienaventurados los humildes, los pobres de espíritu, los que entonces lloran y tienen hambre de justicia, que los asuntos humanos se resuelvan de una manera humana (civilizada). Por eso son pacíficos, ni pretenden poder y autoridad sobre los demás. No pretenden manipular ni subordinar a los otros a sus intereses y sus propósitos. La sociedad no se encamina al bien mediante el mal. La sociedad se transforma, el Reino se abre paso, mediante el bien, el amor.
En estos días en que la institucionalidad y el estado de derecho en los Estados Unidos parece haberse desmoronado es cuando más se necesita la fortaleza de los cristianos auténticos para enfrentar el mal con el bien. Lo mismo habría que decir de países en Hispanoamérica como Haití, Nicaragua, El Salvador, así.
Que el Espíritu Santo ilumine nuestras mentes y nuestro caminar.
Invito a ver mis apuntes sobre este domingo, del año 2023 (oprimir). También invito a ver mis apuntes para el día de la Virgen de la Candelaria, 2 de febrero, del año 2020.
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