En el evangelio de hoy Jesús presenta la parábola de los viñadores irresponsables y homicidas.
La primera lectura es de Isaías 5,1-7. «La viña del Señor del universo es la casa de Israel», dice el profeta. El pueblo escogido de Dios es como un terreno que Dios se separó para sí, como para cultivarlo y producir frutos. Pero no fue así. «Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones [uvas malas, amargas]», dice el profeta. Por eso Dios rechazará (rechazó) a su pueblo y los abandonó a su suerte. Así fue que Israel fue invadido por los asirios y desapareció como pueblo.
Con todo quedó un Resto fiel de la tribu de Judá junto a algunos que se les unieron, entre los deportados a Babilonia. A ellos se les anunció una Nueva Alianza en boca del mismo profeta Isaías y de Jeremías y otros. Ahora no sería una Alianza territorial (se equivocan los ultra nacionalistas que justifican las atrocidades del Israel de hoy a nombre de su derecho al territorio palestino) sino una Alianza del corazón. «Pondré la Ley en sus corazones», dice Jeremías 31,31. Es lo que vino a confirmar Jesús, esa Nueva Alianza del corazón.
El salmo responsorial, salmo 79, lamenta el desastre nacional de la Deportación y Exilio de Israel. Invoca a Dios que los rescate, que restaure a su pueblo. «Dios del universo, vuélvete…ven a visitar tu viña… Dios del universo, restáuranos», cantamos. Porque nosotros también, la nueva viña del Señor, el nuevo Pueblo de Dios, también andamos necesitados del socorro de Dios.
Dios efectivamente escuchó el grito de los Desterrados y restauró para sí un nuevo Pueblo, una nueva viña, la de los cristianos unidos como Cuerpo Místico de Cristo. La humanidad entera ahora también puede verse como la viña del Señor.
La segunda lectura continúa con el texto de la carta de san Pablo, Filipenses 4,6-9, que venimos leyendo estos domingos. Que nada nos preocupe, dice san Pablo. Dios escuchará nuestras peticiones y custodiará nuestras vidas, nuestros corazones y pensamientos. Así el Dios de la paz estará con nosotros.
La tercera lectura, el evangelio es de san Mateo 21,33-43. Jesús presenta una parábola. Un propietario construyó una viña. Cavó, sembró, preparó y luego la arrendó a unos viñadores, a unos que le cuidaran la viña. Cuando llegó el tiempo de la cosecha mandó a sus criados para que le entregaran la parte de la cosecha que le correspondía. Pero los viñadores apalearon a uno, apedrearon a otro, mataron al tercero. De nuevo mandó otros criados y los trataron igual. Finalmente mandó a su propio hijo y a este también lo mataron.
«Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?», le pregunta Jesús a su auditorio. Entonces concluye diciéndoles, «Les digo que se les quitará a ustedes el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Está claro que Jesús en la parábola echa mano de la imagen de Isaías según la primera lectura, de Israel como viña del Señor. Y está diciendo que el reino de Judá ahora también será destruido porque tampoco ha sabido ser fiel a Dios, de manera que el reino de Dios ahora será entregado a un nuevo Pueblo de Dios.
Notar que habla de que dieron muerte al hijo del dueño de la viña. Es posible que en la redacción, posterior a la muerte y resurrección de Jesús, ese punto fuera añadido. Los criados enviados por el dueño de la viña serían los profetas. Al hablar de lo que hará el señor de la viña al volver, puede tomarse como que refiere a la Segunda Venida de Jesús, al Juicio Final, cuando cada cual será juzgado.
Esto recuerda la lamentación de Jesús sobre Jerusalén: «¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar desierta vuestra casa» (Mateo 23,37-38).
Valga también recordar la confusión que tuvieron los que escucharon a Jesús que también tienen los que hoy día creen que el reino de Jesús —Cristo Rey— se traduce a un reino de este mundo o a unas leyes que obligan civilmente como las leyes del aborto. El reino de Dios, el de la Nueva Alianza, es el del corazón.
Como dijo santa Teresa de Calcuta, al comparecer ante Dios no se nos preguntará si tuvimos éxito. Se nos preguntará si fuimos fieles a Dios, el viñador, si en nuestro corazón reina el amor.
Como un dato curioso, esta parábola de seguro circuló intacta entre los primeros cristianos, lo que se ve cuando uno va a Lucas 20,9-18 y encuentra que el texto es idéntico.
Invito a ver mis apuntes de años anteriores (oprimir sobre el año):
2020 — con una reflexión más extensa.

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