En el evangelio de hoy Jesús presenta la parábola de los convidados a una boda.
La primera lectura es de Isaías 25,6-10. El profeta anuncia los tiempos mesiánicos cuando Dios ofrecerá un gran festín sobre el monte Sión, para todos los pueblos. Dios «aniquilará la muerte para siempre. El señor enjugará las lágrimas de todos los rostros». En aquellos tiempos felices todos los pueblos conocerán la salvación.
Esta imagen del banquete mesiánico es la que usará Jesús en la parábola del evangelio de hoy.
Respondemos a la primera lectura con versos del salmo 23(22), el salmo del Buen Pastor. «El Señor es mi pastor, nada me falta…». Más adelante: «Preparas una mesa ante mí…me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa». Es una imagen de la felicidad futura, «…y habitaré en la casa del Señor por años sin término».
La segunda lectura continúa con Filipenses 4,12-14.19-20. San Pablo agradece las ayudas y el apoyo que recibió de los filipenses. Dice que sabe vivir lo mismo cuando hay, que cuando no hay, «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta.» Son las mismas palabras que evocamos en momentos de dificultad material: «Todo lo puedo en aquel que me conforta». Dios pagará esas ayudas, dice san Pablo. Sabemos que, a final de cuentas, como dice Jesús en los evangelios (Mateo 25,35) al ayudar al necesitado es a Jesús mismo que socorremos.
El evangelio de hoy es de Mateo 22,1-14. Jesús presenta la parábola del rey que quiso ofrecer un banquete para celebrar la boda de su hijo. La imagen del reino de los cielos como un banquete de bodas también la vemos en la parábola de las vírgenes que esperaban al esposo para que llegara y abriera la puerta de entrada a la celebración (Mateo 25,1-13). Ciertamente es la imagen que ya propuso el profeta Isaías, como en la primera lectura de hoy.
Cuando el rey envía las invitaciones, sin embargo, los invitados no están dispuestos a venir a la fiesta. El rey entonces envía un segundo grupo de criados para invitar a la boda. Pero la mayoría de los invitados tampoco le hacen caso y otros de entre los invitados hasta llegan a maltratar a los criados y llegan a matar a algunos de los criados. El rey entonces monta en cólera y organiza un ejército que acaba con aquellos asesinos y prende fuego a su ciudad.
Los enviados y los criados del rey serían los profetas y los invitados serían los israelitas y los judíos.
Aquí notamos algo que distingue la historia de la salvación judeocristiana. En esta historia no somos nosotros los que buscamos a Dios, sino es Dios quien nos busca a nosotros.
Como no hicieron caso a los profetas, Dios utilizó los ejércitos enemigos que arrasaron con la nación de Israel y de Judá y los envió al Exilio y la Dispersión.
La parábola continúa, cuando el rey entonces envía otros criados para que inviten a todo el que se encuentren por los caminos y que esté dispuesto a venir. Esto refiere a la invitación a la salvación extendida a todos los habitantes del mundo, a los gentiles (paganos). Y así vienen de todas partes a sentarse a la mesa del banquete mesiánico.
Pero la parábola no termina ahí. Estando sentados a la mesa, el rey llega a saludar y ve que hay uno que no lleva el traje apropiado a la ocasión. Y entonces lo manda a atar de pies y manos y lo expulsa del banquete diciendo, «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Podemos interpretar esto en términos de la conversión de vida como prerrequisito para entrar al reino. Dios invita y se supone que respondemos al llamado, con buena disposición de ánimo y con el testimonio de nuestra vida. No basta con decir que tenemos fe, ni con sentir la fe en nuestro corazón. Si es verdadera fe, se demostrará con el testimonio de vida. Puede que tropecemos (pequemos) pero lo importante es la dirección de nuestra vida, el horizonte de nuestro propósito de vida. Esa disposición de ánimo y ese testimonio de vida, esa dirección de vida, es nuestro traje de bodas. No basta con decir que uno tiene fe.
«No todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.» (Mateo 7,21)
La verdadera fe se nota en la disposición de ánimo y la orientación o dirección de vida, a pesar de nuestras debilidades y tropiezos.
El evangelista todavía añade al final, «Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos». Como señala la Biblia de Jerusalén en la nota al calce a este versículo, el dicho de Jesús que el evangelista pone aquí refiere al pueblo hebreo, más que al invitado que fue expulsado. Los hebreos fueron llamados primero y ahora son los últimos (como en la parábola de los trabajadores de la viña que lo mismo recibieron los primeros como los últimos); los hebreos fueron invitados pero ya no son los únicos escogidos. Ahora todos somos parte del Pueblo escogido de Dios.
Un apunte final sobre el llamado «supersesionismo». Se trata de la idea de que Dios sustituyó a los judíos como pueblo escogido y adoptó a los cristianos gentiles. Los judíos serían pueblo maldito, condenado a andar errante por el mundo por haber rechazado y matado a los profetas (a Isaías lo martirizaron cortándolo por la mitad según una tradición) y por haber matado a Cristo. El rechazo a los judíos se intensificó en la segunda mitad del siglo 19 y la primera mitad del siglo 20 y culminó con lo que se conoce como el Holocausto, el intento de borrarlos de la faz del planeta, el intento de genocidio a manos de los nazis en la década de 1940. En la Iglesia Católica no fue sino hasta las reformas de Vaticano II que se llegó a eliminar la alusión a «los pérfidos judíos» de la liturgia del Viernes Santo.
Irónicamente en nuestros días el estado de Israel practica lo mismo que hicieron los nazis con los judíos, ahora con los palestinos. Como cristianos que creemos que allí donde hay amor, allí está Dios, no es posible aprobar eso, venga del que venga (no tiene que ver con antisemitismo).
La realidad es que todos los cristianos somos descendientes espirituales de los judíos, algo así como hay más de un puertorriqueño que no puede negar sus antepasados taínos y africanos. En vez de ver a los judíos como raza despreciable podemos recordar que ante Dios no hay razas y que lo que cuenta para Dios es la Alianza del corazón. Creemos en efecto que mediante la Alianza con Abrahán que desde el principio fue una del corazón como dice san Pablo, todas las naciones de la tierra han quedado bendecidas (Génesis 12,1-3; Gálatas 3,8).
Invito a ver mis apuntes de años anteriores (oprimir sobre el año):

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