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Domingo 18 del Tiempo Ordinario Ciclo A

 


En el evangelio de hoy vemos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

La primera lectura es de Isaías 55,1-3. Presenta lo que viene con la aceptación de la Nueva Alianza en los tiempos mesiánicos: «¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche.». Serán tiempos en que los pobres y los que no tienen dinero podrán tener comida, leche, pan, vino, de gratis. 

Vemos que la multiplicación de los panes y los peces del evangelio de hoy se anticipa en esta primera lectura de Isaías. Se trata de otro signo más de la llegada del reino de Dios, junto a las curaciones de los ciegos, los tullidos y los atormentados por espíritus, además de la resurrección de los muertos. 

«¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta?» —continúa la lectura de Isaías—. Aquí recuerda el evangelio de los domingos anteriores: descubrir la entrada al reino de los cielos es como descubrir lo único importante en la vida. Para qué andar preocupados por el dinero para comer y por cosas pasajeras, cuando Jesús ofrece vida eterna. «Háganme caso…Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David,» dice también Isaías.

Esta primera lectura también recuerda la primera lectura del domingo pasado, de la sabiduría de Salomón que a su vez remite al concepto de la Sabiduría como en Proverbios 9,5-6: «Vengan y coman de mi pan, beban del vino que he mezclado; déjense de simplezas y vivirán, y caminen por los caminos de la inteligencia». Lo mismo podemos ver en el Eclesiástico 24,19. Es lo que se corresponde con la respuesta de Jesús al diablo cuando le propuso convertir piedras en panes en el desierto: «No sólo de pan vive el hombre» ( Mateo 4,4; Deuteronomio 8,3).

En esta primera lectura de Isaías esa sabiduría que es alimento del alma va asociada a la Nueva Alianza y la llegada del reino de Dios que el profeta anuncia al final: «Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David». Es la misma alianza de la que volverá a hablar en Isaías 59,21 y luego en Isaías 61,8, a la que también refiere Jeremías 31,31. 

Cuando Isaías y Jeremías hablaron de esa Nueva Alianza probablemente referían a la situación del pueblo de Israel ya en el exilio, cuando se veían forzados a adorar a Dios, no en el templo, sino en las sinagogas. De ahí que subrayaran la adoración del corazón bajo la acción del Espíritu en nuestro ser, antes que la de los sacrificios de animales o de las obras. Es lo que luego san Pablo también enfatizará. 

Podemos interpretar que con la reconstrucción del templo —el segundo templo, que es el que vio Jesús y los discípulos— y el reinicio de los sacrificios rituales se fue olvidando esa alianza del corazón y del Espíritu para volver a la religiosidad de las vestimentas, los ayunos, las formas externas o apariencias. Jesús vino a recordar que el reino de Dios, el de la Nueva Alianza anunciada por Isaías y Jeremías, es uno del corazón. Esa Nueva Alianza volvió a ser apreciada con la destrucción del segundo templo en el año 70 después de Cristo. Recordemos el desarrollo del cristianismo como asociado a las sinagogas de la diáspora judía. Así también podemos recordar lo que le dijo Jesús a la samaritana en el pozo, «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre» (Juan 4,21). 


Respondemos a la primera lectura con versos del salmo 145(144). «El Señor es bondadoso y compasivo,» cantamos. Nuestros ojos lo buscan y él abre la mano y nos colma de favores. Él da alimento y comida a los que esperan en él. «El Señor es justo… está cerca de aquellos que lo invocan.»


La segunda lectura continúa con el texto de la carta de san Pablo a los Romanos 8,35.37-39. Dice san Pablo: «Tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.»

Una vez que hemos tenido la experiencia de la fe en Jesús, nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios en Cristo. Una vez que el Espíritu obra en nosotros, ya ni nos pertenecemos a nosotros mismos. 


El evangelio corresponde a Mateo 14,13-21. Cuando Jesús se entera de la muerte del Bautista se monta en una barca y se retira como para estar a solas. Pero la multitud va a su encuentro al lugar a donde va a desembarcar. Y entonces Jesús responde curando enfermos y continuando con su predicación sobre la llegada del Reino. Al atardecer los discípulos le dicen que despida a la gente, porque están en despoblado y tienen que buscar comida. «Pero Jesús les dijo: "No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos"».  Ellos le dicen que apenas tienen cinco panes y dos peces entre ellos. Jesús pide que se los traigan y entonces levanta los ojos al cielo y los bendice y ordena repartirlos entre la gente. Entonces se da el milagro. Todos comen hasta saciarse, unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, según el evangelista. Hasta sobra y con lo que sobra llenan doce canastas.   


Como apuntado para la primera lectura de hoy, el milagro evoca los tiempos mesiánicos y la llegada del reino de Dios, junto a las curaciones milagrosas y la expulsión de los demonios. Las doce canastas de comida que sobró puede asociarse a las doce tribus de Israel. El gesto de Jesús de alzar los ojos al cielo y pronunciar la bendición recuerda cuando los discípulos de Emaús lo reconocen en la bendición del pan e igual el gesto de alzar los ojos al cielo al momento del milagro de la resurrección de Lázaro. Es el gesto en que Jesús muestra su consciencia de ser Hijo de Dios, Hijo del Padre. Es la intimidad con el Padre que vimos en el evangelio del domingo 14 del Tiempo Ordinario Ciclo A unos domingos atrás (Mateo 11,25-30).  

Invito a ver mis apuntes del año 2020. Pido excusas si unos duendes de la Internet han afectado la apariencia de los textos, aunque los textos mismos no me parecen que los han tocado.

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