En el evangelio de hoy Jesús continúa presentándonos parábolas sobre el reino de Dios o reino de los cielos.
La primera lectura es de 1 Reyes 3,5.7-12. Dios se le aparece a Salomón en sueños. «Pídeme lo que deseas te dé,» le dice. Salomón entonces le pide inteligencia para servir bien a su pueblo. Esta petición le agrada a Dios, porque en vez de pedir para sí mismo, Salomón pidió para beneficio de su pueblo. Por esta razón Dios le promete larga vida y sabiduría, lo que hará de su reino uno de mucho esplendor.
Respondemos a la primera lectura con versos del salmo 119(118). «Mi porción es el Señor…tu ley será mi delicia», cantamos. La ley del Señor es consuelo y alegría para el que reconoce la bondad del Señor.
La segunda lectura continúa con el texto que venimos leyendo todos estos domingos, de la carta de san Pablo a los Romanos 8,28-30. «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien», y si amamos a Dios es porque Dios nos llamó primero. «Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó,» nos dice.
Recordemos que san Pablo ya nos decía en los domingos anteriores que por la fe es que somos salvos y justificados por Dios, de manera que la distinción entre judíos y no judíos (gentiles) es irrelevante, no cuenta. No es importantes la ley, como dice en sus cartas. No es por ser judíos que los judíos alcanzan la salvación, sino por la fe. Así que judíos y no judíos alcanzamos la salvación de Dios mediante la fe, tanto unos como otros.
Este es el misterio de nuestra salvación, que Dios pasa por alto nuestras infidelidades, con tal que nos volvamos a él con amor (con fe). Por eso nos llama a todos y a los llamados (todos) nos justifica (al aceptar su invitación por la fe) y con la justificación nos glorifica (nos lleva a la gloria).
Entre tanto, ¿puede la flama no emitir luz y calor? De la misma manera el hombre que se ha convertido por la fe no puede menos que demostrar su condición de persona de fe mediante las buenas obras. Esto último es algo que más de uno olvida al calor del debate católicos-protestantes, como si las buenas obras fuesen irrelevantes. No basta con decir que Dios reconocerá nuestro arrepentimiento como si fuera un asunto legal. Obras son amores y no buenas razones.
El evangelio continúa la lectura del evangelio de Mateo con el pasaje de los versículos13,44-52. Es un pasaje que continúa la presentación de parábolas relativas al reino de Dios y el final de los tiempos. Ya el domingo pasado nos dijo que el reino de los cielos se parece al grano de mostaza que es muy pequeño pero luego produce un árbol enorme; que es como la levadura que hace fermentar toda la masa del pan. En el pasaje de hoy subraya que el reino de los cielos es como un tesoro escondido por el que uno está dispuesto a sacrificarlo todo con tal de tenerlo.
El que descubre un tesoro enterrado en un campo va y vende todo lo que tiene para poder comprar el campo y así tener ese tesoro. Es también como un comerciante que descubre una perla preciosa, extraordinaria y también vende todo lo que tiene con tal de adquirirla.
Cuando uno persigue un propósito que quiere mucho, está dispuesto a sacrificarlo todo con tal de alcanzarlo. Es en ese sentido que también hemos de ver ayunos y sacrificios, que son medios y no fines en sí mismos. Hay que ver cómo se ubica el ayuno y el sacrificio en el contexto del amor cristiano.
Igual que en la parábola de la cizaña del domingo pasado, este domingo Jesús también presenta la parábola de los pescadores y una pesca abundante, que entonces van separando los peces buenos de los malos. Es una imagen del fin del mundo, cuando los ángeles separarán a buenos y malos.
A continuación el evangelista añade uno de los dichos de Jesús que habían quedado en la tradición oral de los primeros cristianos. «Un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
Un estudioso de la Ley, que ama la Ley como el salmista del salmo responsorial de hoy; que ha descubierto el reino de los cielos al modo de la fe que describe san Pablo en sus cartas; que ha descubierto lo que es el reino de Dios (que consiste en el amor a Dios y al prójimo) va derivando enseñanzas de vida tanto de las Escrituras (lo antiguo) como del anuncio mismo de Jesús (lo nuevo). Esa es la verdadera sabiduría de la que la sabiduría de Salomón es una figura.
«El Reino de Dios no es cuestión de comer o beber determinadas cosas [de formalismos externos], sino de vivir en justicia, paz y alegría por medio del Espíritu Santo… busquemos todo lo que conduce a la paz y a la edificación mutua», dice san Pablo en Romanos 14,17.19.
Cuando vamos a las parábolas de Jesús y al tesoro de la Palabra de Dios en las Escrituras vemos que la fe no consiste en creer verdades, ni perseguir, atacar o el obsesionarse con los que no creen esas verdades, ni en ponerse unas vestiduras, ni en imponerle una moral a los demás, ni rezar en latín, ni la obsesión con la adoración eucarística, cosas así. El reino de los cielos es tener una disposición, un ánimo de amor a Dios y al prójimo, confiados en Dios que toca nuestros corazones.
«Cree en el Señor Jesús y serás salvo» (Hechos 16,31; Romanos 10,9) quiere decir cambiar el enfoque de la vida en dirección a la solidaridad con los demás.
Dice Santiago 1,27: « La religión verdadera y perfecta ante Dios, nuestro Padre, consiste en esto: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades y no contaminarse con la corrupción de este mundo». Más adelante, en Santiago 2,18: «Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe».
Para alcanzar la fe que anuncia Jesús como asociada al reino de los cielos es necesario tener un corazón capaz de recibir el anuncio como tal. Pero los fariseos y los escribas y gente como ellos tenían el corazón endurecido, lo que volvemos a ver en nuestros días con los fariseos modernos, los cristianos fanáticos tradicionalistas endurecidos por una religiosidad fetichista. «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7,16) e igual, por sus obras se reconocerá su fe torcida. ¡Qué desgracia cuando eso trae terribles consecuencias! Es lo que vimos en el trato con las adúlteras a punto de ser apedreadas (Juan 8,3-11) y hoy día en tanto sufrimiento y hasta muertes a causa de las leyes antiaborto y la prohibición a la ciega de los abortos en los hospitales católicos. ¿Es que Jesús aprobó el adulterio? ¿Es que ser razonables sobre el aborto va a implicar que aprobamos el aborto? Necesitamos una fe con discernimiento, como el de Salomón, con humildad. La fe en Jesús, puerta al reino de los cielos, no es para fanáticos.
De la misma manera que la flama emite luz y calor, así la persona de fe espontáneamente adopta la conducta propia del reino de Dios. Por eso es que Jesús llegó a decir, «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios» (Mateo 21,31). Se sobreentiende, las rameras y publicanos de corazón sincero y que gracias a esa sinceridad de corazón descubrieron el tesoro del amor a Dios y al prójimo.

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