En el evangelio de hoy Jesús accede a socorrer a una mujer cananea, una mujer «palestina» y no judía. La salvación está disponible para todos, judíos y no judíos. Esto ya está anticipado por el profeta Isaías en la primera lectura.
La primera lectura es del profeta Isaías 56,1.6-7. «Esto dice el Señor: “Observen el derecho y practiquen la justicia, porque muy pronto llegará mi salvación y ya está por revelarse mi justicia”». Entonces añade que la salvación está disponible también para los extranjeros, para los que no son judíos. «A todos los que observen el sábado sin profanarlo y se mantengan firmes en mi alianza, yo los conduciré hasta mi santa Montaña … sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptados sobre mi altar, porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos».
Vemos que este pasaje de Isaías recuerda lo que dirá Jesús al sacar los mercaderes del templo: «Mi casa es casa de oración». Vemos que Isaías propone que en los tiempos mesiánicos será casa de oración para todos los pueblos, no solamente para los judíos.
Nos podemos imaginar que esto fue parte de la polémica de san Pablo con los cristianos judaizantes que querían exigirle el cumplimiento de los detalles de la Ley a los extranjeros (paganos) conversos al judeocristianismo. Porque Isaías ya anunció la incorporación de judíos y gentiles en un solo pueblo de Dios como en Isaías 14,1 aun antes del pasaje de la primera lectura de hoy. Con todo Isaías visualiza en este pasaje que la condición de salvación para los conversos es que observen el sábado y otras señales de la Alianza con Yahvé.
Hay un grupo de los tradicionalistas judíos que todavía aspiran a restaurar el templo de Jerusalén para poder volver a celebrar sacrificios de animales. Lo mismo sucede con grupos cristianos que todavía observan el sábado y las leyes dietéticas. Cada uno tiene derecho a ver las cosas a su modo, pero los cristianos de la corriente principal histórica del cristianismo seguimos la interpretación de san Pablo: la salvación se da por la fe en Dios y en Jesús y no por la observancia del sábado y las otras disposiciones judías.
Es que la verdadera Ley es la que está escrita en nuestras consciencias y nuestros corazones, la ley de santidad, la de ser persona decente como ya lo anunció el profeta Ezequiel 36,19 y Jeremías 31,31-34; lo mismo que también Isaías 55,7 anuncia. Dios envía su Espíritu y transforma nuestro corazón endurecido en un corazón de carne, en un corazón capaz de compadecerse por los necesitados y de indignarse ante las injusticias y capaz de luchar por la paz. Con esto en mente dirá san Pablo en Romanos 2,13: «No son justos delante de Dios los que oyen la Ley, sino los que la cumplen». Cumplir la Ley es amar a Dios y al prójimo y lo demás —observar el sábado, sacrificar animales, no comer ciertas cosas, circuncidarse— son detalles. Más importante que eso es ser persona de buena voluntad, algo que es casi imposible en este mundo, pero que puede darse gracias a la acción del Espíritu y nuestra disposición de fe en Dios por Jesús.
Con el salmo responsorial (versos del salmo 67) alabamos a Dios en la alegría de todos los pueblos que ahora pueden llegar a la salvación por la fe en Jesús. "Que canten de alegría las naciones," cantamos, y más adelante, "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben".
La segunda lectura continúa con la carta de san Pablo a los Romanos 11,13-15.29-32. San Pablo se dirige tanto a los judíos conversos al cristianismo como a los paganos (gentiles) que han alcanzado la salvación por la fe. La llamada de Dios es a ambos, a toda la humanidad, para los efectos. Al caer Judea (al irse todos a la Dispersión con la destrucción del templo a manos de los romanos) se ha visto claro que en realidad la salvación es para todos, judíos y gentiles. «La exclusión de Israel («su rechazo») trajo consigo la reconciliación del mundo».
La destrucción de la nación de Israel cuando Dios los rechazó y se dio entonces la Dispersión ha sido causa para la salvación de la humanidad entera. Baste recordar que el cristianismo se propagó por el mundo a través de las comunidades judías de la Dispersión. Ya no es necesario el templo, ni las disposiciones de la Alianza anterior; ahora es el tiempo de la Nueva Alianza anunciada por los profetas. De ahí que lo que parece una desgracia en realidad es un llamado a que los israelitas, los judíos, vuelvan a integrarse a la verdadera fe, la anunciada por los profetas como Isaías, Jeremías y Ezequiel; lo mismo Zacarías y Malaquías y Miqueas.
En realidad hay un sólo tronco de salvación, un pueblo de Dios, Israel, al que ahora se han injertado los gentiles. Algunas ramas se desgajaron, que son los judíos que no cumplen con la Ley del corazón y se han alejado de Dios. Tanto judíos como gentiles se alejaron de Dios.
Pablo dice que Dios «encerró» a todos en la desobediencia, judíos y gentiles para entonces poderles ofrecer la salvación. Este pasaje y otros parecidos llevaron a hablar de la predestinación, como lo hizo Calvino. Pero al hablar de los designios de Dios podemos más bien pensar que Dios decidió desde toda la eternidad que tuviéramos libertad para escoger y en ese sentido nos «encerró». Dios permitió la posibilidad de que fuésemos desobedientes o rebeldes. Dios permitió que sucediera lo que sucedió. Con esto apunta a que Dios «permitió» la desobediencia en que se encerraron ellos mismos, judíos y gentiles, al alejarse de Dios. Pero igual que le dijo a Pedro que tuviera fe en medio de la zozobra hundiéndose en el agua, así también nos dice que volvamos nuestro corazón hacia Dios (nos convirtamos), tengamos fe para volver a injertarnos en el pueblo santo de Dios junto a los judíos. De esa manera todos alcanzamos misericordia. Es lo que también veremos en el evangelio de hoy.
El evangelio de hoy continúa la lectura de Mateo 15,21-28. Jesús va con sus discípulos predicando la Buena Nueva por la Galilea de los gentiles, en que habían más paganos que judíos. En su recorrido pasa cerca de la colindancia con el Líbano, o el país de Tiro y Sidón, territorio originalmente fenicio. Y allí acude a él una mujer cananea y le ruega le cure a su hija atormentada por un demonio. Jesús responde que no está para atender a lo no judíos, sino a «las ovejas perdidas de Israel». Pero la mujer insiste a gritos de manera que los discípulos le piden a Jesús que la atienda, al menos para que no siga molestándolos. Jesús a su vez insiste, «"No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los perritos". Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los perritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!"».
Como apuntado en el primer párrafo arriba, este episodio es uno entre otros que demuestran que la salvación también se ofrece a los gentiles, a los no judíos. Como subrayará san Pablo, la salvación viene por la fe en Jesús, el Enviado de Dios. Es lo que también se ve en otros casos como el del centurión que tenía la hija enferma y que logró que Jesús la curara por la fuerza de su fe.
Esto también nos recuerda cuando Pedro se hundía en las aguas del mar embravecido en la lectura del evangelio del domingo pasado y Jesús le comentó que no tenía suficiente fe.
Tiro y Sidón están en el Líbano, al norte de Israel hoy día y en aquella época, al noroeste de Galilea, a unos kilómetros de Cafarnaúm (donde Jesús residía). Para los efectos era territorio fenicio, o «cananeo», de habitantes no judíos. Es posible que el episodio se dio todavía dentro de Galilea, en la colindancia norte con el territorio fenicio. La fama de Jesús también se habría difundido hasta allá, por lo que la mujer viene desesperada a implorar el favor de Jesús.
De primera intención Jesús se resiste, aun cuando sus mismos discípulos están bien dispuestos hacia ella. Para los judíos los gentiles son despreciables, son goyim detestables, y por eso eran unos perros. Quizás por eso Jesús suaviza la referencia diciendo «perritos». Pero la mujer es tan humilde que acepta que la llamen perra, perrita, y le dice que hasta los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de los amos. La fe de la mujer finalmente le mueve. Así, ella es representativa de los pecadores que pareciera que no merecieran perdón, pero que a ellos también Dios puede ofrecerles la salvación, siempre que demuestren humildad en su fe sin pretensiones. Igual, el episodio nos enseña a que seamos insistentes en nuestras oraciones, aun cuando nos parezca que no tenemos derecho a pedir lo que pedimos.
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Podríamos hacer unos enlaces con los evangelios de los domingos anteriores. Recordemos la parábola de las cizañas del domingo 16, Tiempo Ordinario, Ciclo A. Dios permite la maldad en este mundo a cambio de que tengamos libertad y decidamos sobre nuestras vidas. Igual, permite que suframos enfermedades y que suframos «el embate de las olas» (domingo pasado), la adversidad contra la que continuamente nos topamos. Dios permite que el Maligno (o un ángel enviado para probarnos) nos atormente. Todo eso es parte del misterio de la realidad.
Pero está claro que Dios no está para condenar, ni para regocijarse en nuestra condena, como si a Dios también le poseyera un ánimo de venganza contra los pecadores. El espíritu de venganza es algo diabólico y no cuadra con el amor incondicional que nos muestra Jesús. ¿Cómo explicar el rechazo inicial de Jesús a la cananea? Bien podemos pensar que buscaba someterla a prueba.
Eso mismo podemos pensar de nuestras miserias en este mundo; es un ponernos a prueba. Dios espera nuestro amor incondicional como respuesta a su amor incondicional. Dios espera una gran fe de nuestra parte, como la de la cananea.
De la misma manera podemos reconocer la insistencia con que ella rogó a Jesús. No hay que ser tan apocados como en ese cristianismo "humilde" que se nos predicó en el pasado y que gusta tanto a los tradicionalistas beatos. Ser beatos y resignados no es un ideal de vida. Si uno tiene razón en pedir, pidamos con fuerza, como Jesús también lo señala en varios lugares en los evangelios, como en la parábola del vecino que importuna de madrugada (Lucas 11,5-10).
Y entonces reconocemos que la salvación viene por la fe, no importa si somos «cananeos», «goyim», o si somos judíos.
Entre tanto como cristianos pertenecemos al judaísmo espiritual, porque hemos sido injertados al tronco principal del Pueblo escogido, como dirá san Pablo en Romanos 11,17 unos versículos después del texto de la segunda lectura de hoy. Todos los hebreos son sacerdotes porque por medio de ellos el mundo ha conocido a Dios y nosotros con Cristo nos hemos incorporado al Pueblo santo de Dios.
Invito a ver los apuntes correspondientes a este domingo, del año 2020 (oprimir).

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