Ir al contenido principal

Domingo 21 del Tiempo Ordinario Ciclo A


En el evangelio de hoy Jesús declara su intención de darle a Pedro las llaves del reino de los cielos.
La primera lectura de hoy es de Isaías 22,19-23. Dios declara la destitución de Sobná, mayordomo del palacio para sustituirlo por Eliaquín, que ahora podrá portar la llave del palacio sobre sus hombros. «Abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá», dice el Señor. En el evangelio Jesús dirá lo mismo de Pedro, como declarándolo futuro mayordomo del reino de los cielos. 

En aquella época las puertas de los palacios eran enormes y las llaves también. De ahí que el mayordomo tuviera que cargar la llave sobre los hombros. 

Con versos del salmo 138(137) alabamos a Dios porque escucha las súplicas de los pobres, se fija en el humilde, y su misericordia es eterna.  Le rogamos, igual, que no se olvide de nosotros, «No abandones la obra de tus manos». 

Con la segunda lectura continuamos viendo el texto de san Pablo en Romanos 11,33-36. Alabamos a Dios en su insondable sabiduría. Es imposible para nosotros captar los planes y los proyectos de Dios porque es una sabiduría que sobrepasa nuestra capacidad para entender. Pero sabemos que Dios quiere lo mejor para nosotros y por eso lo alabamos.

Con la tercera lectura continuamos con el texto de Mateo 16,13-20. Jesús se encuentra en la región de Cesarea de Filipo al norte del mar de Galilea, en la colindancia con Siria y Fenicia, luego del episodio del encuentro con la cananea del evangelio del domingo pasado. 

Quizás, quién sabe, en uno de esos altos para descansar en el camino, Jesús conversaba con los discípulos sobre el reino de los cielos, o reino de Dios. Sabemos que los demás evangelistas hablan del «reino de Dios», mientras que Mateo habla del «reino de los cielos». 

Sabemos que en un momento dado los hijos del Zebedeo aspiraron a sentarse a derecha e izquierda de Jesús en el reino (Mateo 20,21; Marcos 10,37). De esa misma manera quizás se preguntaron quién sería el mayor en el reino, por lo que Jesús les dijo que el mayor sería el que se hiciera como un niño (Mateo 18,1-4). 

Quién sabe si hablando así, de cómo serían las cosas en el reino de los cielos, Jesús comenta, «Y quién se creen ustedes que soy yo». Ellos reaccionan proponiéndole como un profeta. Entonces Pedro lo reconoce: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Jesús lo alaba y lo felicita y le dice que eso no se le ocurrió como una imaginación, sino como una revelación del Padre. Esa iluminación divina es muestra del favor de Dios. Por eso Pedro tendrá un puesto privilegiado y será el mayordomo de palacio en el reino de los cielos, el que abra y cierre y ate y desate. Al final, «les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías».


Es intrigante, eso de que Jesús le pidiera a sus discípulos que no revelaran que él era el Mesías, el Hijo de Dios. En Mateo 17,9 y en Marcos 9,9 Jesús especifica lo mismo, pero añadiendo que podían proclamarlo como Mesías después que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. De hecho, en los versículos siguientes al texto del evangelio de hoy Jesús comienza a anunciar su pasión y muerte, cosa que alarma (escandaliza) a Pedro y a los discípulos. Quizás por eso Jesús les confirma en la fe de que él es el Hijo de Dios, pero también quiere que eso sea un secreto, porque la mayoría del pueblo no podrá entender cómo el Mesías iba a ser humillado, padecer y morir en cruz. Eso es lo que luego también estarán discutiendo los discípulos camino a Emaús cuando Jesús los acompaña al atardecer del domingo de la resurrección. 

También es posible que Jesús quería evitar más gentío persiguiéndolo del que ya había, de los que lo buscaban para que les hiciera curaciones y milagros. Quién sabe si también quería evitar la confusión (que siempre la hubo) de pensar que él llegaba para fundar el reino político y terrenal de Israel contra las potencias de aquel tiempo como los romanos. Pero no estamos seguros y es cierto que todo eso es especulación.

Este pasaje del evangelio de hoy se conoce también como el de «la confesión de Pedro». Gracias a este pasaje los papas romanos medievales (como sucesores de san Pedro) —más de mil años después de Cristo y sobre todo al calor de la disputa contra los luteranos y los reformadores del siglo 16— reclamaron para sí el derecho a excomulgar personas o a negarles la entrada al reino de los cielos; lo mismo que levantar esas excomuniones para permitir a los fieles el acceso al cielo. 

De la misma manera el pasaje del evangelio de hoy fue interpretado por Roma como el de la fundación de la Iglesia romana como la única verdadera, cuando Jesús dice, «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia». 

Hemos de buscar entender esto a la luz del mismo mensaje de Jesús como vamos viendo en los evangelios y en el testimonio de las primeras comunidades cristianas. Veamos unos puntos en particular.  

(a) Cuando Jesús dice «iglesia» está hablando de la «asamblea», por lo que podemos traducir «edificaré mi iglesia» como «edificaré mi asamblea». Eso no necesariamente implica el Vaticano, es decir una corporación multinacional o un «reino de este mundo». En todo caso está hablando de «la comunidad mesiánica del reino de Dios». Esa comunidad (asamblea) mesiánica no necesariamente implica una institución multinacional humana, o una religión cesaropapista al modo como se dio en tiempos del imperio bizantino. 

Siempre podemos pensar que, si el cristianismo se desarrolló históricamente como se desarrolló, eso se ha dado en la dinámica entre las inspiraciones del Espíritu Santo y las gestiones humanas que siempre resultan en implementaciones imperfectas de las metas y objetivos que se puedan tener. En un momento dado las cosas se dan de cierta manera porque el material y el espacio accidentado o el momento histórico y las personas específicas involucradas obligan a tener que producir sólo aproximaciones de lo que uno busca lograr, algo así como el intento de lograr un buen matrimonio, que siempre es un arte, tanto como los esfuerzos de vivir una vida monástica ideal, por ejemplo. 

En el siglo 20 hicimos un alto para revisar las instituciones y tradiciones de la Iglesia en el Concilio Vaticano II, en un ambiente pacífico y de diálogo (cuando hay hostilidades y agendas personales las deliberaciones se hacen harto difíciles) y bajo la inspiración del Espíritu Santo volvimos a repasar la hoja de ruta. Es en ese contexto que también propongo estos apuntes.

(b) Aun si admitiésemos que Jesús tuvo la intención de fundar una institución humana con Pedro a la cabeza (o como mayordomo de palacio) habría que ver si lo vio como «el primer papa» romano. La evidencia histórica no apoya esa versión. Históricamente sabemos que Pedro fundó la comunidad de Antioquía (la tercera ciudad en tamaño después de Roma y Alejandría en Egipto), donde por primera vez se habló de «cristianos». Pedro no fue el líder a cargo de la primerísima comunidad de Jerusalén, sino que fue Santiago. Los primeros concilios ecuménicos de la Iglesia no fueron convocados por Pedro, ni por los papas romanos; del Occidente cristiano (bajo el patriarca romano) no siempre asistieron a esos concilios y si asistieron, siempre fueron minoría sin mucha participación activa. En tiempos de los primeros concilios, si los papas romanos opinaban, lo hacían en diálogo, o en igualdad de condiciones con los otros patriarcas del cristianismo. Durante siglos los papas electos debían ser confirmados por el emperador bizantino. En los primeros siglos todos los obispos eran llamados «papas» (en Rusia todavía se les llama «popes» a los clérigos) y todos los obispos también eran llamados «vicarios de Cristo». Fue con el tiempo que el obispo de Roma retuvo esos títulos, quizás porque en Occidente no habían otros patriarcados hasta tiempos posteriores. Finalmente, no hay evidencia histórica de que Pedro fundara la comunidad romana. Cuando Pablo escribe a la comunidad de Roma, no menciona a Pedro para nada. La evidencia más temprana que habla de Pedro fundador de la comunidad romana es posterior, del siglo segundo y tercero después de Cristo. 

(c) Que Pedro tenga poder de atar y desatar no implica algo así como la capacidad para hacer trucos de magia. El poder de Jesús no se presentó de esa manera. La salvación no es algo que se logra por decir unas palabras «correctas» (como los encantamientos medievales) o hacer unos gestos correctos, o comprar unas indulgencias o contabilizar el número de indulgencias por la recitación de unas oraciones. El poder para «atar y desatar», para perdonar los pecados no era para condenar o cerrarle el paso a la salvación a los pecadores. 

Jesús también delega ese poder de perdonar pecados a sus enviados, a sus discípulos, como en Mateo 18,18, con las mismas palabras dirigidas a Pedro en el evangelio de hoy. La misma línea (el mismo dicho) se repite idéntica en boca de Jesús resucitado en Juan 20,23, dirigiéndose a todos los discípulos, de manera que el poder de atar y desatar no es exclusivo de Pedro. 

Notemos que Jesús ejerce ese poder con compasión y no como venganza; en ánimo de facilitar la conversión del pecador, antes que de condenarlo. Si un pecador se condena, se condena por su propia mano, por rehusarse a la conversión, como los fariseos. Jesús no condena; tampoco han de condenar los clérigos y los papas. Notar que en el caso reciente de la Sociedad San Pío X que el Vaticano declaró como cismáticos, fueron ellos los que se condenaron por su propia mano. Dios ama al diablo también y le invita a la conversión. Si el diablo no quiere convertirse, se condena a si mismo, pero ahora mismo Dios le sigue ofreciendo la salvación al diablo, también —al menos eso me parece a la luz del anuncio del evangelio—. Jesús, igual sus discípulos, vino para ofrecer la salvación. De ahí que invita y sigue invitando a pesar del rechazo del pecador. Si el Vaticano declara cismáticos a los de la SSPX, eso es una afirmación de hecho, no un juicio moral. 

Desde finales del siglo 19 ha habido un movimiento ecuménico de cooperación y diálogo entre las iglesias en que nos mueve más el espíritu de seguir la exhortación de Jesús en la Última Cena, «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Juan 17,21). No hay que estar atacándonos entre las diversas confesiones cristianas, que eso es cosa del Maligno. No hay que subrayar las diferencias, sino lo que nos une y nos identifica a todos. Donde hay amor, allí está Dios. Podemos considerar que todos los cristianos que practicamos los dos mandamientos fundamentales —amor a Dios y al prójimo— conformamos todos la Iglesia de Dios, la asamblea mesiánica que equivale al reino de Dios en este mundo.

Esto es lo que el Concilio Vaticano II vino a recordarnos, que la misión fundamental de la Iglesia no es edificar templos y escuelas, ni ofrecer sacramentos e indulgencias al modo supersticioso, sino anunciar a Jesús Salvador, ofrecer la oportunidad del encuentro con Dios, en que los sacramentos son signo y celebración de nuestra fe. Es más importante amar a Dios y al prójimo que el fetichismo de las apariencias (latín, ceremonias, vestimentas, incienso) o la beatería devocional. En todo caso que combinemos ambas cosas, en que la beatería devocional lleve al amor de Dios y el prójimo y no a un disfrute emocional egoísta y malsano. 

Recordemos cómo en los primeros siglos del cristianismo la primacía del obispo de Roma no se vio al modo de un imperar unilateral, sino como una deferencia en igualdad de condiciones entre los patriarcados principales (las Iglesias fundadas por los apóstoles). Sabemos que también esa deferencia se debió por ser Roma todavía la sede el Imperio Romano, una deferencia como la que se le da al arzobispo de la capital de un país. 

Igual, si el Papa es una figura demasiado controversial para las iglesias separadas, el papel de símbolo unificador lo puede cumplir también el Concilio Mundial de Iglesias. 

A mi ver podemos visualizar un ecumenismo al modo anglicano; es decir, que veamos al Papa como líder espiritual o líder unificador a la manera con que el rey de Inglaterra o el Primado Anglicano son símbolos representativos de unidad. El lector puede imaginar los detalles. Así puede cumplirse la exhortación de Jesús, de que todos seamos uno en la unidad de la fe y el amor.

Invito a ver mis apuntes de años anteriores (oprimir sobre el año):

2020        2023

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El ayuno de Jesús en el desierto

El Espíritu llevó a Jesús al desierto, "para ser tentado" (Mateo 4:1). Allí Jesús ayunó durante cuarenta días. En conmemoración de esos cuarenta días nosotros observamos la cuaresma. Jesús no necesitaba ayunar. Tampoco necesitaba ser bautizado en el Jordán. Se nos dice que esto fue así para nuestra edificación, para enseñarnos el camino. En los relatos del bautismo de Jesús en el Jordán (Marcos 1:9; Mateo 3:13; Lucas 3:21) siempre se deja sentir la presencia del Espíritu. Inmediatamente después del bautismo, Jesús es conducido al desierto por ese Espíritu. Si ayunó, fue por la inspiración del Espíritu. Si no tenía pecado, su ayuno no tenía un carácter penitencial o punitivo, como para pagar por sus pecados. Tampoco nuestro ayuno tiene que tener carácter penitencial, como si con nuestros actos pudiésemos agradar a Dios para conseguir el perdón de nuestros pecados. Cuando Jesús perdona en los evangelios, tampoco exige penitencia o castigo. Para que Dios exigiera castigo te...

Domingo 6 del Tiempo Ordinario Ciclo A

En el evangelio de hoy Jesús confirma que no ha venido a abolir la Ley, sino que vino a aclarar la manera de cumplir la Ley. Jesús no vino a juzgar, ni a condenar. Vino a enseñarnos el camino a la vida eterna. Recordemos lo que también sabemos por otros lugares de los evangelios: la ley se resume en el amor al prójimo, ese es el sentido y el meollo de la Ley. Esa es la expresión de nuestra relación con Dios, Supremo Bien. La primera lectura es de Sirac (Eclesiástico) 15,16-21. Con ella se afirma la libertad que todos tenemos para hacer el bien: «Si quieres, guardarás los mandamientos,» dice. Más adelante termina, «A nadie [Dios] obligó a ser impío». Está de nuestra parte reconocer la sabiduría de los mandamientos, la sabiduría de la Ley. Está de nuestra parte reconocer el valor de amar al prójimo, de reconocer la dignidad del otro, de ser una persona decente, respetuosa de los demás y de lo que es justo.  Sin eso de presupuesto —ser persona decente, reconocedora del valor de la Ley...

Domingo 33 del Tiempo Ordinario Ciclo C

  El tema de este domingo es el Juicio Final La primera lectura es del profeta Malaquías 3,19-20. Anuncia el día en que el Señor exterminará la maldad de la tierra, cuando los arrogantes y los malhechores arderán como paja que consume el fuego. Pero a los que respetan a Dios y buscan el bien, a esos los iluminará el sol de justicia y encontrarán su bienestar a la sombra del Altísimo.  Malaquías es el profeta que anunció que Elías llegará al final de los tiempos para preparar el camino del Señor. También, como en la primera lectura de hoy, es el profeta que denuncia la arrogancia de los líderes engreídos que abusan de los débiles y de los que temen al Señor. Dios les castigará con un fuego que los consumirá y los hará desaparecer para siempre. El salmo responsorial canta versos del salmo 97,5-9. Cantamos y alabamos a Dios que ya llega a socorrer a los pobres y hacer justicia a los oprimidos, para regir la tierra con justicia. La segunda lectura es de 2 Tesalonicenses 3,7-12. ...